LIBROS POR PATRICIA SCHAEFER RÖDER

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miércoles, 23 de febrero de 2011

PALABRAS... EN TODOS LOS IDIOMAS

Son infinitas. Nacen, se transforman, evolucionan, decaen, crecen, se mueven, se pelean, se aceptan, se imponen… Son señales que utilizamos para comunicarnos con los demás; las piezas fundamentales del lenguaje verbal que representan nuestras ideas: son las palabras.

Las palabras son el vehículo por el cual los recuerdos perduran, transmitiéndose de generación en generación. Son maravillosas; moldeables, ágiles, dinámicas, se ajustan a lo que deseamos transmitir. Son bellas; tienen una armonía y ritmo propios que las hacen flotar inmersas en una música perenne. Son versátiles; sirven para absolutamente todo, y cumplen sus funciones a la perfección. Son un instrumento contundente que posee toda la fuerza y la precisión que se le quiera dar, de la manera exacta que se desee hacerlo. Por eso hay que aprender a usarlas, para aprovechar todo el potencial y el esplendor que encierran.

No trato aquí de quitarle mérito a las acciones o a los hechos, ni tampoco al valor del silencio. Hay momentos en que las palabras no tienen cabida, unas veces porque no se necesitan, y otras porque no se desean. Es cierto, una imagen puede decir más que mil palabras y un hecho puede contarnos más que toda una enciclopedia, pero en general, el uso de las palabras nos ayuda a razonar, a comprender y a explicar las cosas que suceden a nuestro alrededor.

Las palabras no son buenas ni malas, su significado varía según el contexto en que se encuentren y la intención con que se expresen. No existen palabras prohibidas, lo que hay son conceptos que nos perturban. El mejor o peor significado que pueda tener una palabra viene solo por la idea que nos hayamos acostumbrado a asociarle. Las palabras se inventan para expresar cuanto pensamos, sentimos, deseamos, soñamos. Tan solo están allí, neutras, esperando que las usemos. De nosotros depende lo que hagamos con ellas.

Por eso no concibo las guerras. Estoy convencida de que cualquier conflicto debe poder solucionarse por la vía diplomática; para eso están los embajadores, a quienes por cierto se les paga muy bien. Automáticamente recuerdo aquel dicho popular que nos enseña que “hablando se entiende la gente”. Si el ser humano fuese de verdad tan civilizado como alardea —o como pretende convencerse a sí mismo de serlo, desarrollando las ciencias y las tecnologías al límite—, no habría necesidad alguna de que los pueblos se enfrentaran entre sí, ya que utilizarían el mejor recurso que nos diferencia de los animales: la palabra.

Mi trabajo me exige estar en contacto constante con las palabras. Como traductora y editora manejo las palabras de los demás, ayudando a darles el sentido que cada autor les quiera dar. Pero a pesar de que es mi oficio y debo ocuparme de ellas de manera profesional, no me canso de admirarlas. Me atraen con una fuerza increíble, sé que estoy enganchada sin remedio alguno y disfruto este idilio de la forma más intensa.

Una de mis grandes pasiones es jugar con mis propias palabras. Puede hacerse todo con ellas; crear y destruir, propagar amor y sembrar odio, elevar y deprimir, cultivar sueños o romperlos, aclarar, confundir, contar algo y desmentir otro tanto, decir la verdad y engañar, manipular… Las palabras son sumamente importantes; de su mano podemos ir camino a la cordura o perdernos en los laberintos de la insensatez. Pueden darnos seguridad, pero también pueden ser muy peligrosas. Podemos usarlas para defendernos, pueden sanar nuestro cuerpo y nuestra alma devolviéndonos la vida o la libertad, y por otro lado pueden recluirnos o herirnos de muerte. Son un escudo y un arma a la vez; son extremadamente poderosas.

Amo las palabras y el poder ilimitado que tienen. Con las palabras adecuadas podemos abrirnos, contar nuestra verdad y decirlo todo, llegando adonde queremos… o no decir nada y dar mil vueltas en círculos.

Cada palabra tiene una fonética precisa que la hace especial. Me gusta mucho lo que siento con las letras m, n, s, r, d, l, y sobre todo con la ñ. Me seduce la melodía de las palabras. Las diferentes combinaciones de sonidos las convierten en acordes impecables de notas puras en tiempos perfectos. Las palabras adecuadas susurradas al oído me estremecen hasta el tuétano. Así, coincido por completo con Isabel Allende cuando dice que el verdadero punto G está en el oído.

Las palabras escritas tienen una belleza estética única, sobre todo cuando leemos algo escrito en letra cursiva. Tienen una impecable armonía áurea y sin embargo están llenas de carácter, personalidad y esa magia que hace que nos imaginemos su timbre inigualable, su voz propia. ¡Qué delicia leer ciertas palabras que van raudas como flechas, directo al alma! Sí, en mi caso estoy convencida de que también tengo una extensión del punto aquel en la vista…

Más que fascinada, me siento unida irremediable y divinamente a las palabras. Sin embargo, en los últimos tiempos y en contra de mi voluntad, las palabras se me están escondiendo. De pronto se desvanecen en el aire, no las puedo atajar cuando se desprenden de las ideas, liberándose violentas, perdiéndose rumbo a otros horizontes. Las busco sin éxito debajo de las pilas de sueños amontonados, empolvados, amarillentos del sol que entra por mis pupilas. Sobre todo las primeras palabras, las más evidentes, se están volviendo tan escurridizas como una serpiente marina.

Espero encontrar pronto el hilo perdido de las palabras para poder respirar de nuevo en paz. Lo admito, estoy profundamente enamorada de ellas. ¿La palabra que más me gusta? Pasión.


© 2011 PSR

miércoles, 16 de febrero de 2011

AROMA

Tu fragancia se coló
en medio de mi vida
una parte de ti me alcanzó
sutil
contundente
tu presencia en tu olor
fórmula mágica
embriagante
divina.

Mil recuerdos futuros
trae tu esencia
a mi alma
directamente
desde la tuya
mariposas revoloteando
libres…
Gracias por mi sonrisa.


©2011 PSR

miércoles, 9 de febrero de 2011

ABUELA

Se fue la abuela. Tenía 92 años. La abuela fue una de esas mujeres fuertes en todos los aspectos, que me inspiran un gran respeto y una profunda admiración. Una perfecta representante de aquella generación europea nacida después de la Primera Guerra Mundial que tuvo que hacer valer su instinto de supervivencia desde el mismo instante en que sus pulmones se llenaron de aire. Esa generación produjo mucha gente valiosa; gente tenaz, luchadora, sin miedo al trabajo o a pasar penurias, con la mirada siempre puesta en la meta de un mejor provenir.

La abuela nació en un pueblo de España donde la conocían como La Lecherina y murió en una ciudad de Venezuela, donde la conocieron como La Reina de la Química. Como tantos otros, tuvo que trabajar desde muy joven para sostenerse. Así fue diseñando su propio destino, sopesando cuidadosamente cada paso que daba. Conoció al abuelo, se casaron en medio de la Guerra Civil Española y tuvieron un único hijo. Tenían un puesto de frutas en el mercado, pero sabían que con trabajo y esfuerzo podían mejorar su calidad de vida. Un día decidieron que sería conveniente emigrar de la destrozada España. La idea inicial era irse a los Estados Unidos, porque la abuela tenía una amiga que le contaba lo bien que podía vivir allí y le ofreció brindarle ayuda si la necesitaba. Pero el destino tuvo otros planes y decidieron ir a Venezuela, un país suramericano joven y en esa época desconocido, en el que había un programa de inmigración selectiva por parte del gobierno, que apoyaba a trabajadores europeos, principalmente de España, Portugal e Italia (aunque también llegaron franceses, alemanes —como mis padres— y otros más), ayudándolos a ir allá para trabajar, levantar y echar adelante esa Tierra de Gracia.

La abuela y el abuelo llegaron a Venezuela trayendo solo el polvo de su patria en los zapatos. Fueron pobres durante un tiempo, solo el que les tomó aprender seriamente un nuevo oficio para volverse tan buenos en él que pudieran vivir de eso. El abuelo incursionó en la ebanistería y la abuela comenzó de manera sencilla a cortar cabello. Respondiendo a su ímpetu innato de avanzar sin importar las circunstancias, fue ensayando diferentes técnicas de estilismo y luego se enfocó en los tratamientos químicos para el cabello. La abuela se hizo peluquera por iniciativa y empeño propios, trabajando sin descanso, aprendiendo sin cesar y practicando las últimas novedades estilísticas que la mantenían siempre al día.

Además de eso, la abuela se estaba desenvolviendo como una mujer de negocios. Instintivamente comenzó a ahorrar e invertir, logrando establecer una peluquería propia. Allí, ella enseñaba a mujeres y hombres jóvenes que querían aprender estilismo, entrenándolos en su salón de belleza hasta convertirlos en excelentes profesionales. Después de un tiempo, vendió esa primera peluquería y abrió otra con nuevo personal, al que también instruyó en las artes de la belleza. Esto lo repitió varias veces, llenando la ciudad entera de salones de belleza fundados por ella.

La abuela, como tantos otros inmigrantes, ayudó a desarrollar esa tierra que ella había elegido para vivir y de la que se enamoró inevitablemente, igual que le sucedió a todo aquel que por razones del destino puso los pies y el alma en ella. De no tener nada, trabajando sin parar, logró convertirse en una fuente de buen empleo para muchos otros que la querían y respetaban por lo que ella era: un ejemplo de supervivencia y crecimiento en todos los sentidos.

Así, la abuela se convirtió en una leyenda viviente. Recibió varios homenajes en Nueva York y en otras ciudades por su larga trayectoria profesional en el área de la belleza, pero tal vez lo que más orgullo le daba era saber que había enseñado a tantos otros aquello que ella misma había aprendido, dándoles la oportunidad de desempeñar un oficio decente del cual poder subsistir.

No hay duda de que la abuela fue una mujer excepcional. Fuerte y luchadora por naturaleza, nunca se dejó doblegar. Vivió como quiso, sin que nadie le dijera lo que debía o no debía hacer; así mismo fue hasta el final…

Hoy, la abuela se marchó. Seguro comenzará algo nuevo allá donde vaya. Hasta luego Abuela, te quiero mucho.


©2011 PSR

miércoles, 2 de febrero de 2011

REGÁLAME...

regálame una sonrisa de libertad
al amarnos
regálame tu paz
total
verdadera
regálame tu misterio
y te entregaré mis sueños
regálame el tremor más genuino
que se esconde en tu alma
regálame tu ternura
y mis dedos
dibujarán tu rostro
dulcemente
regálame tu aliento tibio
enlazado con el mío
respirándonos
regálame el deseo que guardas
convertido en lengua y manos
insaciables
regálame tu fragancia
de perfume y sudor
regálame el anhelo
de una caricia interminable
tuya
regálame tus cabellos
y deja que mis dedos
se pierdan en su espesura
regálame la pasión
de un encuentro esperado
desde siempre
regálame tu pecho
para cobijarme en él
arrullada en tus latidos
rendida por completo
a ti
regálame tu fuerza
ímpetu indomable
te mostraré la mía
plena de emoción
regálame tu tiempo
valioso tesoro
a cambio
yo te daré entera
mi vida
regálame tu voz
tus gemidos
tu silencio
te recompensaré rebosante
de puro cariño
regálame tu mirada limpia
sin dudas
ni temores
regálame un abrazo perfecto
que me arrope
me guarde
me seduzca profundamente
para no querer soltarme
nunca más
regálame tu cuerpo
hambriento de mis labios
húmedos
regálame tu boca
manantial divino
quiero saciar la sed eterna
que de ti tengo
regálame tu piel ardiente
erguida alerta
en infinitas puntas
ansiosas
regálame tu oído
para hablarte quedo
susurrando mil secretos
regálame tu risa fácil
que hincha mi espíritu
hasta reventar
regálame tu amor
colócalo en mis alas
para volar alto
contigo
hacia la inmensidad
siempre mirando al frente
brillante
regálame un suspiro tuyo
uno mío
al unísono
regálame todas tus noches
para no dormir contigo.


© 2011 PSR