LIBROS POR PATRICIA SCHAEFER RÖDER

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miércoles, 19 de diciembre de 2012

EL REGALO


La vio por primera vez cuando era niña. Tendría unos seis años el día que la descubrió en el cuarto de su madre, colocada en el lugar más especial de la repisa de sus tesoros. Era una cajita cilíndrica, un tanto chata, que asemejaba una pequeña sombrerera. Al igual que la tapa, la caja estaba hecha de una sola pieza de madera tornasolada finamente pulida, toda labrada en arabescos que, al recibir serenos el abrazo de la luz, reflejaban tonos cálidos y amables. Las dos partes calzaban a la perfección, quedando cerrada con un lazo de cuero. Su madre la llamaba con cariño “el regalo”.
Desde ese instante, quedó fascinada con el regalo. Aunque siempre había estado allí, ella se percató de su existencia esa mañana sabatina de mayo.
—Mamá, ¿qué es esta cajita? —quiso saber, curiosa.
—En esta cajita está el regalo —respondió la madre con una sonrisa.
—¿Un regalo? ¿Y quién te lo dio?
—Me lo dio la abuela hace años. Es linda, ¿verdad?
—Sí; me gusta mucho. Mamá, estos dibujos parecen hojas, ¿por qué esta cajita parece un árbol?
—Es una cajita muy vieja, de nuestros antepasados. A ellos les gustaba adornarlo todo con flores, hojas y frutas. Para ellos los árboles eran muy importantes.
—A mí también me gustan mucho los árboles, Mamá.
—Lo sé, mi amor, lo sé.
Una y otra vez, a lo largo de los años, al preguntarle a la madre por el regalo, ella le contaba sobre el material, el significado del diseño y la manera en que había llegado a sus manos.

Llegó el día en que terminó la escuela. Había decidido estudiar en la universidad, lejos de su pueblo, en el ombligo del mundo. Mientras preparaba su equipaje, caminaba por la casa fijándose muy bien en todo; formas, colores, sonidos, aromas, adornos… Quería absorber de nuevo, consciente, con fuerza, todo aquello que la hacía ser la persona que era. Necesitaba llenarse de tantos recuerdos, de las experiencias, los sentimientos y las emociones que la hacían ser única. Así, paseaba de cuarto en cuarto reviviendo escenas, diálogos, momentos irrepetibles. Al llegar a la habitación de sus padres, encontró a su madre sentada sobre la cama, esperándola.
—Te estás despidiendo, ¿cierto? —quería comprobar la madre.
—Sí. Es toda una vida…
—Acércate hija, tengo algo para ti.
—¿Para mí? ¿Qué es?
—Es hora de darte el regalo.
—¿Un regalo? ¿Cuál regalo es ese? —preguntó ella, ansiosa.
—Mi madre me dio el regalo cuando tenía tu edad y me preparaba para ser independiente, así como tú lo estás haciendo ahora —dijo la madre con suavidad mientras extendía la mano, ofreciéndole aquella cajita de madera noble.
—No sé qué decir… es tu regalo… la abuela te lo dio a ti… No puedo aceptarlo.
—Debes aceptarlo hija, ha sido la tradición por muchas generaciones. El regalo ha llegado hasta aquí desde nuestros antepasados. Hoy lo recibes tú, y deberás entregárselo a tu hija el día que ella se vuelva independiente. Ábrelo.
Ella tomó la cajita entre sus manos con especial reverencia. Mientras deshacía el lazo de cuero, la madre continuó hablando:
— El mayor regalo que se nos ha dado es la vida, y con ella, el libre albedrío. Siempre, la decisión está en nuestras manos y siempre tenemos el privilegio de actuar de la manera que queramos. Tenemos el poder de decidir qué hacer, cuándo y cómo, en dónde y con quién, y eso solo porque somos libres para ello. Del mismo modo, podemos negarnos a hacer lo que no deseemos. Solo nosotras tenemos la última palabra y solo nosotras somos responsables de nuestros actos. Nosotras corremos con las consecuencias de aquello que hagamos o dejemos de hacer. Hacemos cosas para que se nos acepte o para impedir el rechazo; a veces incluso por miedo, pero las hacemos siempre porque queremos, porque perseguimos algún fin. La decisión es nuestra, y eso nadie lo puede cambiar.
Al abrir la cajita, ella sintió la fragancia de la madera de eucalipto. Instintivamente, cerró los ojos y aspiró profundo.
—Mientras puedas respirar, sabrás que estás viva —dijo la madre—. Y mientras estés viva, serás libre para decidir por ti misma. No lo olvides nunca.

Entonces, ella abrazó a su madre y comprendió.



©2012 PSR

jueves, 22 de noviembre de 2012

GRACIAS...



Hoy doy gracias por mis bienes más preciados; los que más valen y no tienen precio.

Doy gracias por el tiempo que he tenido hasta ahora y por el que me queda; por mi respiración y por este cuerpo sano que acompaña a mi espíritu.

Estoy agradecida por la pasión que me llena, impulsándome a lograr mis metas y por el instinto que me hace buscar nuevas oportunidades. Por todo lo que he alcanzado, por los buenos recuerdos que pintan una sonrisa en mis labios y en mi alma. Por mis sueños y esperanzas, que son las semillas de mis proyectos futuros. Por despertar cada día con ideas nuevas, por las ganas de llevarlas a cabo y por la seguridad de lograrlo. Doy gracias por tener la suerte de poder trabajar en lo que tanto me gusta y disfruto.

Hoy y siempre, agradezco a los ángeles que me protegen y no se apartan de mí. Doy gracias por tener un esposo que me ama de verdad y me respeta profundamente; por mis hijos y su amor total, desinteresado e incondicional; por mis hermanas que me apoyan y por los familiares que aún me acompañan.

De corazón, doy gracias por tener amigas que me quieren y se dejan querer, que están de mi lado, que me animan y no me abandonan. Agradezco a todos los que me aceptan y me aprecian como soy, permitiéndome relacionarme con ellos e intercambiar ideas y opiniones.

Estoy agradecida de poseer este cariño puro que llevo dentro y que pongo en todo cuanto hago. Doy gracias por ser capaz de vivir el amor real, que me eleva, me hace desear ser mejor cada día y buscar nuevas formas de ayudar a los demás.

Gracias a aquellos que me regalan una sonrisa y a las almas brillantes que iluminan todo a su alrededor. A quienes me enseñan y me ayudan, y a aquellos que se dejan enseñar; y sobre todo, a la gente agradecida que me permite ayudar.

Agradezco inmensamente a mis padres por la constancia y la tenacidad que aprendí de ellos. Por los valores reales que me inculcaron, llenando mi corazón de amor, respeto, honestidad, aceptación y solidaridad; sin espacio alguno para el rechazo, los resentimientos, los rencores ni el odio. Les doy las gracias por haberme dado alas para alcanzar la libertad total de pensamiento y obra que me permite realizarme como ser humano y vivir mi vida a plenitud.

Hoy y siempre, doy gracias por poseer el raciocinio que me proporcionó una educación objetiva, amplia y sin prejuicios; esta capacidad que me hace respetarme a mí misma y me permite ver las cosas con claridad para tomar mis propias decisiones, sin tener que obedecer órdenes a ciegas impuestas por cualquier persona, organización, cultura o tradición, y que a la vez me deja ser tolerante sin que nada me escandalice.

Estoy agradecida por mi sensibilidad y por la dicha de tener sentimientos profundos y poder vivirlos intensamente; por la alegría y los suspiros, y por aquellos instantes que me hacen cerrar los ojos, dejándome sin aliento.

Agradezco tener la capacidad de asombro que llevo tatuada en mi alma, cual mancha de acero. Doy gracias por poder usar mis sentidos para disfrutar el rocío salado con aroma marino que me envuelve en su murmullo y ver las estrellas fugaces saltando en el cielo oscuro. Por saber valorar el sol, la lluvia y el aire limpio, espejos de la belleza de la naturaleza todos los días de mi vida.

Así, doy gracias por la felicidad y la paz que viven dentro de mí, recordándome siempre que la vida es bella y me acompañan a dormir cada noche con la conciencia tranquila, teniendo la certeza contundente de que todo estará bien.


©2012 PSR



miércoles, 2 de marzo de 2011

REPARACIONES

En mi estudio hay un rincón donde se amontonan poco a poco, uno por uno, los objetos rotos de mi casa. Son aquellas cosas que por mucho usarlas, por descuido, por el paso del tiempo, por rabia o sin querer se van deteriorando. A veces tan solo han cambiado de apariencia; se ven viejos y desvencijados, y en otros casos están tan afectados que ya no pueden cumplir su tarea correctamente.

De vez en cuando decido hacer un alto en mi eterna carrera contra el reloj, y me siento a componer lo que se fue acumulando. Inevitablemente, cuando lo hago pienso en mi padre. Me parece verlo a él sentado reparando cualquiera de los artefactos que se descomponían en la cocina de mi casa de la niñez. Mis padres, alemanes al fin, fueron educados para ser cuidadosos con las cosas porque era necesario que “duraran toda la vida”, y el hecho de que tuvieran que vivir la Segunda Guerra Mundial en carne propia evidentemente reforzó esa actitud. En casa no se tiraba nada a la basura si aún servía; antes se regalaba a alguien que lo pudiera usar. Lo que había se mantenía en las mejores condiciones posibles y siempre se intentó rescatar lo que se averiara, usándolo y guardándolo solamente si quedaba bien reparado, funcionando adecuadamente. Si no, había que desecharlo. Personalmente lo veo como el respeto que puede sentirse hacia quien fabricó el objeto y hacia el objeto en sí, como obra de manufactura. Lo otro que me sucede, es que de alguna manera siento que cada cosa usada trae consigo su pasado; recuerdos que pueden ser mejores o peores, y no puedo evitar relacionarlas con esos instantes de vida en que vienen envueltas. Una vez alguien me dijo “en tu casa cada cosa tiene una historia”. Es cierto. Y me encanta. Claro que eso no significa que los objetos deban acumularse indiscriminada, ilimitada e indefinidamente. Aunque grande, la casa también es un objeto, y por lo tanto hay que mantenerla en buen estado. Por eso, entre otras cosas, limpiamos, recogemos, organizamos, nos deshacemos de lo que no nos interesa y reparamos lo que haga falta. Así mantenemos la armonía del espacio en que vivimos.

Hoy en día, en el país en que vivo, es imposible encontrar alguien que repare artefactos eléctricos o electrónicos; lo único que puede hacerse es enviarlos de vuelta a los fabricantes. Los estándares de producción son suficientemente bajos para darle a los aparatos una vida media de unos pocos años, y los costos de envío de los mismos a los fabricantes para tal vez cambiar una pieza son tan altos que resulta más barato comprar un artículo nuevo. Lo que interesa ahora es la producción y la venta; a ninguna empresa le conviene que sus productos sean duraderos. No puedo negar que esta actitud me molesta mucho, sobre todo cuando pienso en la inmensa cantidad de desechos innecesarios que se producen tan solo por la codicia corporativa. Yo misma no puedo ni sé reparar equipos eléctricos ni electrónicos, así que he optado por devolverlos a los fabricantes, para que dispongan de ellos de la mejor manera que puedan.

Lo más natural es cuidar lo que tenemos; sabemos que generalmente nosotros o alguien más ha invertido energía, tiempo y dinero en crearlo o adquirirlo. Pero a pesar del cariño y la atención que le demos a las cosas, el tiempo pasa y su uso hace ineludible el desgaste. Sucede de igual manera con cualquier objeto, lugar, relación, trabajo, organización, sistema y país. Incluso con nosotros mismos; debemos estar atentos a nuestra salud física, emocional y espiritual. La gente sonríe cuando les comento que a mí las cosas “me duran mucho”, y mientras yo sonrío de vuelta, irremediablemente pienso que esa marca indeleble me la dejaron mis padres. Las cosas que no deseo y que están en buen estado las dono a quien pueda necesitarlas.

Cuando tomamos la decisión de arreglar un problema serio en nuestras vidas, tendemos a comenzar por poner orden en nuestras casas. Vaciamos armarios, sótanos, desvanes y cajas almacenadas; revisamos lo que tenemos, lo clasificamos y decidimos con qué nos quedamos y con qué no. Realizamos un trabajo físico y espiritual que puede resultar agotador, pero al final nos sentimos profundamente satisfechos. El afán de arreglar nuestra vida demuestra que nos mueve el deseo de ser felices y de seguir adelante en paz.

Últimamente me he dado cuenta de que cada vez soy más diestra en arreglar los objetos que se van estropeando. Y siempre que lo hago, vuelvo a comprobar que darse a la tarea de reparar algo me resulta una actividad terapéutica y sanadora. Tomar la decisión de conservar algo averiado con la intención de restaurarlo implica que tengo la voluntad de enmendar, de corregir. Encontrar el tiempo y sentarme a poner manos a la obra es dar los pasos necesarios para convertir ese deseo en realidad. Reparar algo es un acto de amor, respeto y humildad que implica el renacer de ese objeto. En las cosas con historia puedo sentir el cariño, la indiferencia o el rencor que traen asociados; eso me ayuda a decidir si quiero conservarlas o no.

Los objetos pueden desgastarse y romperse de infinitas maneras, requiriendo distintos arreglos. Cuando reparamos algo, dejamos de ser simples observadores o usuarios circunstanciales y nos acercamos más para entrar en su intimidad. Poco a poco vamos conociendo mejor el artefacto, entendemos el problema y podemos decidir cómo componerlo. Hay cosas que sólo requieren el cambio de una pieza para volver a funcionar igual que antes, hay otras que necesitan un poco de cariño y mantenimiento, y hay otras más que se encuentran destartaladas pero decidimos volver a armarlas, como si fuesen un rompecabezas. La idea de restaurar un objeto es bella e implica un esfuerzo, pero puede que no siempre rinda los frutos esperados. Hay veces que el arreglo es sencillo y completo y el artefacto vuelve a funcionar igual que antes, pero en ocasiones no es así. Aunque no se note a simple vista, un objeto restaurado no es el mismo, algo cambió en su esencia. Incluso es posible que funcione mejor que antes, pero nunca será el mismo. Puede que un jarrón pegado no gotee, pero siempre conservará alguna cicatriz.

En los últimos meses me he visto a menudo componiendo una cantidad de cosas, siempre con la mejor de las intenciones y la consideración que merecen. Y mientras lo hago, no puedo dejar de comparar esos objetos físicos con lo que sucede alrededor, en mi vida, y adentro, en mi alma. Allí, muy al fondo, hay una esquina en la que voy acumulando sentimientos desgastados, a veces magullados y otras destruidos; de vez en cuando un rasguño, un desgarramiento, una herida punzo penetrante, una cortada en medio del corazón. Cada cierto tiempo el espíritu me sacude molesto, obligándome a recoger, limpiar y clasificar todas las alegrías, satisfacciones, placeres, tristezas, temores, rencores e indiferencias que en algún momento he dejado entrar por voluntad propia. Debo entonces deshacerme de lo que me estorba o me hace daño y renovar lo que tiene remedio. La tarea de arreglar sentimientos, relaciones, situaciones y malos entendidos es vital, pero al mismo tiempo ardua e incluso puede llegar a ser muy dolorosa. Hay que tener mucho valor cuando se trata de reparar el alma. Componer nuestra alma es el primer paso para restaurar nuestra vida. Y recordar lo verdaderamente importante de nuestras vidas es esencial para salvar a nuestro país.


©2011 PSR

jueves, 30 de diciembre de 2010

A QUIEN CORRESPONDA

Yo, Patricia Schaefer Röder, habitante del Universo residenciada en este Mundo, por medio de la presente hago constar que estoy profundamente agradecida a la vida por todo lo que me ha ofrecido, aunque no siempre lo haya sabido aprovechar. Estando consciente de que nadie puede asignar un día determinado en el que todos debamos dar gracias por lo que tenemos y lo que seguimos recibiendo a cada instante, he escogido el día de hoy miércoles 29 de diciembre de 2010, para tal fin.

A lo largo de la vida, el destino nos va llevando a diferentes lugares y nos coloca en diversas situaciones que definen cada uno de los retos que toman forma delante de nosotros. Momento a momento debemos decidir si queremos o no afrontar cada uno de esos retos, los pequeños y los grandes. Entendemos que si optamos por retirarnos, puede que continuemos en la situación cómoda y segura en la que veníamos, pero nunca sabremos qué hubiese sucedido si lo hubiéramos intentado. Si decidimos hacerles frente, seremos enteramente responsables del enfoque que le demos, de cómo lo hagamos, y de cuáles herramientas –o armas– usemos. Con el paso del tiempo, el resultado de cada una de estas situaciones va moldeando nuestro carácter y abriendo nuestro camino.

El camino de cada quien es único e interminable. Nadie puede hacerlo por nosotros. Durante ciertos trayectos coincidimos con otras personas que cubren el mismo tramo en su viaje, aunque no necesariamente se encuentren en el mismo momento de vida nuestro; entonces los caminos se cruzan o marchan sobre una línea durante un cierto tiempo, pero nunca existen dos personas con itinerarios exactamente iguales.

El camino es noble. No hay callejones sin salida ni obstáculos insalvables; siempre existe la manera de continuar, a pesar de que debamos cambiar la ruta para bordear el estorbo, o reducir la marcha para poder bajar seguros por la ladera de la montaña, o construir el puente –o el barco– para cruzar el agua. El camino lo hacemos nosotros mismos y, de cierta manera, el camino somos nosotros. Debemos recordar que el camino no necesariamente es una línea recta; generalmente es sinuosa y puede cambiar de dirección y sentido en cualquier momento, así que realmente se trata de una línea con vida propia que define un espacio tridimensional. Hay ciertos momentos en los que pareciera que la línea se acabara frente a nuestros pies, y es justamente en esos momentos cuando debemos recordar que hay otras dimensiones hacia donde podemos mirar, buscando la forma de trazar nuestra ruta. Podemos ver hacia los lados y también podemos ver hacia abajo y hacia arriba; en algún lugar descubriremos que el espacio se presta para allanarlo y seguir adelante.

En el camino he encontrado ya a muchas personas que han dejado alguna huella en mí, y les agradezco porque he aprendido de ellas, unas veces por medio del dolor y otras por medio de la dicha. Mis padres me pusieron en el camino y me dieron las facultades para crear mi propia ruta; me enseñaron a caminar, me dejaron correr, me entrenaron para nadar y conducir vehículos y sobre todo, me dieron alas para volar. Mi familia, aquella de la cual provengo, me da el sostén espiritual, moral y de valores humanos sobre los cuales descansa mi carácter. Tuve la suerte de tener padres con fuertes principios éticos, morales y de justicia que me inculcaron la honestidad, el respeto, la aceptación y la misericordia predicando con el ejemplo cada día. Eso es algo invaluable y me faltan palabras para expresar mi eterna gratitud al respecto. Doy gracias a mis defectos, porque me recuerdan que todavía debo crecer y aprender mucho, porque hacen mi camino interesante y me llevan a recorrerlo con humildad y emoción. A mis hermanos les agradezco el haberme dado la oportunidad de foguearme con ellos en distintas lides antes de salir al ruedo de la “vida real”. Lo mejor de todo es que, padres y hermanos, todos ellos me conocen mejor que nadie y a pesar de eso, me quieren como soy. Y ellos saben que yo los amo profundamente.

Agradezco a la vida por la familia que he tenido la fortuna de formar; nuestras almas están enlazadas con las fibras del amor más puro que existe. Somos un equipo en el que cada miembro es imprescindible e insustituible, tenemos diversas funciones y engranamos como las piezas de una máquina perfecta. Doy gracias a todos y cada uno por la paciencia y el amor que me demuestran, y porque me otorgan el privilegio de amarlos de vuelta y de velar por ellos.

A mis amigos, la familia que yo misma escojo, les agradezco muchísimo el honor de compartir ese lazo tan especial de cariño y amistad verdadera que es más grande que cualquier dimensión conocida y que no conoce medición de tiempo; por eso ni la distancia ni los años pueden acabar con ella. Siempre han sido y seguirán siendo extremadamente importantes en mi vida, ocupando cada uno un lugar único en mi corazón.

A esta isla bella en la que vivo y a la gente linda que habita en ella, les agradezco su hospitalidad, su alegría y su tranquilidad; sin esas cualidades nunca hubiese encontrado solaz para sentarme a escribir. Aquí me siento cómoda y en paz; aquí puedo vivir feliz con mi familia, cada uno realizándose en el área que más desea.

Agradezco enormemente la oportunidad que tuve de recibir una buena educación y optar por un trabajo interesante. Doy gracias por tener acceso a una vivienda cómoda junto con vestido, alimento, diversión, pasatiempos, gustos complacidos, regalos, y poder seguir saciando la sed de conocimientos que llenen mi mente y mi alma.

Estoy agradecida por la capacidad que aún desarrollamos para comunicarnos con nuestros semejantes a través del lenguaje y me encanta recordar que existan tantos idiomas en el mundo. Agradezco la posibilidad que tengo para expresarme utilizando lápiz y papel –o computadora– para escribir y desahogarme, creando o recreando palabras, frases, historias…

Doy gracias a la gran variedad de culturas que todavía existen y que aportan su sabiduría y colorido al mundo que compartimos. Estoy agradecida a todos aquellos que desarrollan las artes clásicas y las más recientes, por enriquecer estéticamente el ambiente que les rodea y permitir que el resto de la humanidad pueda disfrutar de sus obras y sentirse inspirado por ellas. Sin música, bellas artes, diseño arquitectónico, literatura, artes gráficas, fotografía o cine, la vida sería estéril y fría. Doy gracias a los espectáculos de fuegos artificiales en una noche despejada, porque me hacen sentir mariposas en el estómago. Y no podría olvidar las artes de la ciencia y la tecnología, que requieren de una pasión creativa y creadora de igual magnitud como cualquier otra expresión artística, desarrollándose en las áreas de las ciencias naturales, la medicina, la ingeniería, las comunicaciones y el transporte. Estoy muy agradecida al teléfono, a la Internet y al Skype, porque me ayudan a mantenerme en contacto con las personas importantes para mí.

Agradezco infinitamente a la energía positiva y creadora del Universo por ponerlo todo a andar, y a la Madre Naturaleza por tantos dones que reparte a manos llenas y sin pedir nada a cambio, a pesar del mal trato que recibe de parte de nosotros. Doy gracias por los productos preciosos que nos pone a la disposición como si fuesen los más comunes: maderas, cristales, metales, flores, semillas, conchas, paisajes, aire, luz y diversidad, sobre todo la humana. Doy gracias por el día, con el sol que inunda los espacios llenándolo todo de color; por la noche con la luna y las estrellas en medio de aquella oscuridad que siempre nos invita a descubrir algo nuevo, incluso dentro de nosotros mismos; a las aguas, siempre en movimiento en forma de nubes, lluvia y corrientes; al viento, que mueve las hojas en los árboles y sacude nuestra alma; a la tierra, que se entrega generosa a nosotros para el cultivo; al fuego, que lo purifica todo; a las plantas, que nos dan oxígeno y mucho más; a los animales, que hacen lo mejor por adaptarse al mundo que continuamente les quitamos; y a los microbios –sobre todo a los virus– por recordarme lo vulnerable y lo frágil que soy.

Estoy agradecida por poder usar mi cuerpo; por los genes que heredé de mis padres, que en gran parte me hacen ser quien soy; por la salud, que hasta ahora me ha acompañado de buena gana; por todos los sentidos que poseo, que me permiten disfrutar de lo que me rodea: colores, formas, aromas, música, voces, texturas, sabores, placer, comicidad, amor, nostalgia… Doy gracias a mi organismo, que es insuperablemente noble porque sigue funcionando de la manera más perfecta a pesar de lo mal que suelo tratarlo. Y doy gracias porque sus sistemas están tan maravillosamente conectados con mi alma y mi espíritu, que me permiten recordar y soñar, percibir y vivir con la mayor de las intensidades, emociones tan complejas como la pasión, que me estremece divinamente, invadiéndome con una suave taquicardia y un escalofrío delicioso que me llena por dentro.

Agradezco que aún exista gente bondadosa que ayude a los demás demostrando misericordia y verdadero amor al prójimo; gente comprensiva y tolerante; gente amable que sonría a los extraños; gente creativa, activa, independiente; gente justa que sepa perdonar, que respete los derechos de los demás, que acepte la individualidad y que no tema vivir su propia verdad; gente sincera que apoye e infunda confianza en otros; gente que ayude a sanar usando sus manos, su energía, su sonrisa, su mirada, su abrazo; gente cuya compañía disfrutemos a través de una caricia o del silencio, o en forma de llamadas, charlas, cartas, mensajes, fotos, intercambiando opiniones, compartiendo; gente que nos traiga felicidad.

Doy gracias al amor en todas sus formas porque me llena el alma de flores. Cuando amamos, la dicha es plena y la emoción nos hincha el pecho; volamos alto, somos totalmente libres. Amar es desear lo mejor para el ser amado y velar por su bienestar; agradezco inmensamente las oportunidades que he tenido de dar y recibir amor a lo largo de mi vida, entre ellas los momentos en que he podido deshacerme del caparazón y mostrarle a otro mis debilidades y fortalezas.

Estoy agradecida a mi alma por ser mi esencia, y a mi espíritu, por seguir dándome el impulso vital, la libertad para creer y sentir, y la confianza y alegría para seguir mi camino. Doy gracias porque aún no he perdido la capacidad de asombrarme y maravillarme ante cosas que pudieran parecer cotidianas, como un árbol, un insecto o las olas del mar.

Finalmente, agradezco al tiempo que ha fluido generoso, envolviéndome y acompañándome a lo largo del camino.

Patricia Schaefer Röder
29 de diciembre de 2010


© 2010 PSR

miércoles, 21 de octubre de 2009

PAPÁ

Una torre de paciencia
me espera siempre
fijamente
a pesar de todas
y cada una
de mis tardanzas.

Veo una parte de mí
en aquellos ojos pardos
te siento tan cerca
en medio del vivir diario
te hablo, te pienso
te quiero
eternamente.

Alcanzo tu mejilla
con mi mano sedienta
de un encuentro más
una nueva oportunidad
de mostrarte cuánto te amo.

Cien preguntas tengo
en todos los instantes
sólo para ti
y sé que tendrás
más de cien respuestas
para ilustrarme
en cada oportunidad.

Salgamos a pasear
mano con mano
hablando sin fin.
Recorramos el mundo
entero, ¡todo!
junto a una taza de café
y un trozo de pastel.

Acaricio tu cabello
fino y plomizo
mi corazón se hincha
desbordándose
por las cuencas
de mi alma.

Deja que te abrace
fuertemente
enciérrame gentil
estréchame
y dime
que nunca me dejarás.

Eres el sueño raudo
anhelos alados
que inspiraste en mí
con el deseo contundente
de convertirse en realidad
a pesar de mí misma.

Escucho tu risa
me llamas
sonríes
aguardas de nuevo
esperas por mí
una vez más.



©2009 PSR