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miércoles, 2 de marzo de 2011

REPARACIONES

En mi estudio hay un rincón donde se amontonan poco a poco, uno por uno, los objetos rotos de mi casa. Son aquellas cosas que por mucho usarlas, por descuido, por el paso del tiempo, por rabia o sin querer se van deteriorando. A veces tan solo han cambiado de apariencia; se ven viejos y desvencijados, y en otros casos están tan afectados que ya no pueden cumplir su tarea correctamente.

De vez en cuando decido hacer un alto en mi eterna carrera contra el reloj, y me siento a componer lo que se fue acumulando. Inevitablemente, cuando lo hago pienso en mi padre. Me parece verlo a él sentado reparando cualquiera de los artefactos que se descomponían en la cocina de mi casa de la niñez. Mis padres, alemanes al fin, fueron educados para ser cuidadosos con las cosas porque era necesario que “duraran toda la vida”, y el hecho de que tuvieran que vivir la Segunda Guerra Mundial en carne propia evidentemente reforzó esa actitud. En casa no se tiraba nada a la basura si aún servía; antes se regalaba a alguien que lo pudiera usar. Lo que había se mantenía en las mejores condiciones posibles y siempre se intentó rescatar lo que se averiara, usándolo y guardándolo solamente si quedaba bien reparado, funcionando adecuadamente. Si no, había que desecharlo. Personalmente lo veo como el respeto que puede sentirse hacia quien fabricó el objeto y hacia el objeto en sí, como obra de manufactura. Lo otro que me sucede, es que de alguna manera siento que cada cosa usada trae consigo su pasado; recuerdos que pueden ser mejores o peores, y no puedo evitar relacionarlas con esos instantes de vida en que vienen envueltas. Una vez alguien me dijo “en tu casa cada cosa tiene una historia”. Es cierto. Y me encanta. Claro que eso no significa que los objetos deban acumularse indiscriminada, ilimitada e indefinidamente. Aunque grande, la casa también es un objeto, y por lo tanto hay que mantenerla en buen estado. Por eso, entre otras cosas, limpiamos, recogemos, organizamos, nos deshacemos de lo que no nos interesa y reparamos lo que haga falta. Así mantenemos la armonía del espacio en que vivimos.

Hoy en día, en el país en que vivo, es imposible encontrar alguien que repare artefactos eléctricos o electrónicos; lo único que puede hacerse es enviarlos de vuelta a los fabricantes. Los estándares de producción son suficientemente bajos para darle a los aparatos una vida media de unos pocos años, y los costos de envío de los mismos a los fabricantes para tal vez cambiar una pieza son tan altos que resulta más barato comprar un artículo nuevo. Lo que interesa ahora es la producción y la venta; a ninguna empresa le conviene que sus productos sean duraderos. No puedo negar que esta actitud me molesta mucho, sobre todo cuando pienso en la inmensa cantidad de desechos innecesarios que se producen tan solo por la codicia corporativa. Yo misma no puedo ni sé reparar equipos eléctricos ni electrónicos, así que he optado por devolverlos a los fabricantes, para que dispongan de ellos de la mejor manera que puedan.

Lo más natural es cuidar lo que tenemos; sabemos que generalmente nosotros o alguien más ha invertido energía, tiempo y dinero en crearlo o adquirirlo. Pero a pesar del cariño y la atención que le demos a las cosas, el tiempo pasa y su uso hace ineludible el desgaste. Sucede de igual manera con cualquier objeto, lugar, relación, trabajo, organización, sistema y país. Incluso con nosotros mismos; debemos estar atentos a nuestra salud física, emocional y espiritual. La gente sonríe cuando les comento que a mí las cosas “me duran mucho”, y mientras yo sonrío de vuelta, irremediablemente pienso que esa marca indeleble me la dejaron mis padres. Las cosas que no deseo y que están en buen estado las dono a quien pueda necesitarlas.

Cuando tomamos la decisión de arreglar un problema serio en nuestras vidas, tendemos a comenzar por poner orden en nuestras casas. Vaciamos armarios, sótanos, desvanes y cajas almacenadas; revisamos lo que tenemos, lo clasificamos y decidimos con qué nos quedamos y con qué no. Realizamos un trabajo físico y espiritual que puede resultar agotador, pero al final nos sentimos profundamente satisfechos. El afán de arreglar nuestra vida demuestra que nos mueve el deseo de ser felices y de seguir adelante en paz.

Últimamente me he dado cuenta de que cada vez soy más diestra en arreglar los objetos que se van estropeando. Y siempre que lo hago, vuelvo a comprobar que darse a la tarea de reparar algo me resulta una actividad terapéutica y sanadora. Tomar la decisión de conservar algo averiado con la intención de restaurarlo implica que tengo la voluntad de enmendar, de corregir. Encontrar el tiempo y sentarme a poner manos a la obra es dar los pasos necesarios para convertir ese deseo en realidad. Reparar algo es un acto de amor, respeto y humildad que implica el renacer de ese objeto. En las cosas con historia puedo sentir el cariño, la indiferencia o el rencor que traen asociados; eso me ayuda a decidir si quiero conservarlas o no.

Los objetos pueden desgastarse y romperse de infinitas maneras, requiriendo distintos arreglos. Cuando reparamos algo, dejamos de ser simples observadores o usuarios circunstanciales y nos acercamos más para entrar en su intimidad. Poco a poco vamos conociendo mejor el artefacto, entendemos el problema y podemos decidir cómo componerlo. Hay cosas que sólo requieren el cambio de una pieza para volver a funcionar igual que antes, hay otras que necesitan un poco de cariño y mantenimiento, y hay otras más que se encuentran destartaladas pero decidimos volver a armarlas, como si fuesen un rompecabezas. La idea de restaurar un objeto es bella e implica un esfuerzo, pero puede que no siempre rinda los frutos esperados. Hay veces que el arreglo es sencillo y completo y el artefacto vuelve a funcionar igual que antes, pero en ocasiones no es así. Aunque no se note a simple vista, un objeto restaurado no es el mismo, algo cambió en su esencia. Incluso es posible que funcione mejor que antes, pero nunca será el mismo. Puede que un jarrón pegado no gotee, pero siempre conservará alguna cicatriz.

En los últimos meses me he visto a menudo componiendo una cantidad de cosas, siempre con la mejor de las intenciones y la consideración que merecen. Y mientras lo hago, no puedo dejar de comparar esos objetos físicos con lo que sucede alrededor, en mi vida, y adentro, en mi alma. Allí, muy al fondo, hay una esquina en la que voy acumulando sentimientos desgastados, a veces magullados y otras destruidos; de vez en cuando un rasguño, un desgarramiento, una herida punzo penetrante, una cortada en medio del corazón. Cada cierto tiempo el espíritu me sacude molesto, obligándome a recoger, limpiar y clasificar todas las alegrías, satisfacciones, placeres, tristezas, temores, rencores e indiferencias que en algún momento he dejado entrar por voluntad propia. Debo entonces deshacerme de lo que me estorba o me hace daño y renovar lo que tiene remedio. La tarea de arreglar sentimientos, relaciones, situaciones y malos entendidos es vital, pero al mismo tiempo ardua e incluso puede llegar a ser muy dolorosa. Hay que tener mucho valor cuando se trata de reparar el alma. Componer nuestra alma es el primer paso para restaurar nuestra vida. Y recordar lo verdaderamente importante de nuestras vidas es esencial para salvar a nuestro país.


©2011 PSR

14 comentarios:

  1. Gracias Patricia, =^..^= Encontre el Blog de Reparaciones muy interesante, fue claro y directo. Definitivamente ayuda a reflexionar y generar nuevas ideas para ser mas positivos y asertivos en el dia a dia.

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  2. Todavia somos muchos los que nos paramos a tratar de reparar o restaurar algun uetensilio en casa, mas que nada, por que como tu ,recordamos nuestra ninez sin tanta abundancia de utilidades. Hoy estamos en la era del reciclaje, que es una buena opcion.

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  3. como ya te comenté "in private", me gusta cómo desembocas en lo más importante: arreglarnos nosotros mismos :)

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  4. hola paty, esto de reducir, reciclar y reutilizar (RRR), es algo que admiro mucho en ti. Todo el mundo deberíamos tener esa cultura.
    ... él último párrafo, tan importante como el resto, importante para sanar el alma. Un abrazo.

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  5. me gusta la parte en que "humanizas" a los objetos cuando dices que al acercarte al objeto para repararlo reparas mas en su intimidad.. eso es lindo. Luego cuando enlazas el objeto con el alma, la casa con el cuerpo. arreglar las piezas y arreglar nuestras vidas. Todo esta conectado y todo es un reflejo de nosotros mismos. Me gusta el respeto que proyectas por cada uno de nuestros bienes, valorar su historia y su valor.

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  6. Abre la ventana...y bota esas amarras negativas. Limpieza de primavera!!!!!!

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  7. que bonito que tu papa' te acompañe; seguramente es lo que el siempre quiso ser para ti; una compañia para ti

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  8. a mi me encanta coleccionar recuerdos rotos o no... cada uno me trae la vida de un pasado.
    Aparte los corazones rotos algún día se sueldan.

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    1. me pasa igual que a ti; pero aunque parezcan reparados, nunca quedan igual. como me dijo una amiga una vez: es como usar champu diluido; limpia, pero no es igual ;)

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  9. Tu prosa llega muy justamente a mí. . . Debo cambiar de vida y con ello las cosas de mi casa. . . Todos los días suspendo. . . es difícil empezar!!!! jjajajaja Gracias Patricia Schaefer Röder Cariños!!!!! 

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    1. gracias a ti! me alegra que te sirva de algo lo que escribo; todos estamos en lo mismo... :) recibe un abrazo fuerte.

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