LIBROS POR PATRICIA SCHAEFER RÖDER

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miércoles, 30 de julio de 2014

V A L O R


Veinte mil años
duró tu brava gesta
con buen coraje.

Armada de luz
la verdad ante todo
impone la paz.

Lágrimas claras
por traición e injusticia
limpian tu vida.

Otra lucha más
la causa no termina
debes resistir.

Renacerás, sí
entre polvo y cenizas
valiente y sabia.


©2014 PSR

miércoles, 23 de julio de 2014

A LA SOMBRA DEL MANGO


Inés comía mango a la sombra del árbol. Antes se había subido con su amiguita por aquel tallo grueso, rama por rama, ayudándose mutuamente. Paradas sobre las ramas fuertes, se estiraron buscando los mangos color atardecer que colgaban de las más delgadas, sacudiéndolas para tumbarlos al suelo. Aquellas frutas caían como granizo dorado sobre la tierra fresca del campo. Cuando ya no hubo más mangos amarillos que tumbar, las dos niñas bajaron del árbol y los recogieron en bolsas para llevarlos a sus casas. La amiguita tenía prisa y así, Inés se quedó sola, disfrutando el sabor glorioso, dulce y perfumado de los crepúsculos sustanciosos que habían caído del árbol para saciar su hambre con alegría y alimentar los recuerdos de la niñez, mientras soñaba con su futuro.

©2014 PSR


miércoles, 16 de julio de 2014

G A Y


Galantes, Andrés y Guillermo andaban ya gustosos atravesando yagrumos gigantes. Antes yoístas, gritaron arrebatados “¡Yo, Guillermo, álzome y grito al yugo generalizado, atroz y grosero, al yunque grotesco, aplastante y garrafal: Amo y guardo admiración y gentilezas al yumbo garzo, Andrés!”. Y gratamente, Andrés, yaciendo gracioso ante yataganes grises, abrazó yaros grandes, aminorando yacturas genéticas, abriendo yemas galactitas armiñas. “¡Ya Guillermo, amigo y general amado; yantemos ganosos, ávidos y golosos, ante yucatecos garbos!”. Ahora, ya girado, Andrés yuxtapuso garabatosos amarillentos yuyos geométricos, ansiando yunciones grandes, alardeando yerros gnósticos, arbitrarios. Y ganaron, Andrés y Guillermo, almas y gloria amplia y genuina. Apartaron yardas granitas, ancianas, yermas, gratificándose alegremente y generando amistades yanaconas, gestadas amplia y genialmente. Altivos y gallardos, ayudáronse yuntando grava, algas y gasas al yurumo gemelo, antepuesto y grande. Andrés ya galopó a Yaracuy, garroteando a yeguas gordas. ¡Ay, yaguar, Guillermo arrió yacarés! Gauchos andinos y greñudos, antes yernos gasajosos, ahora ya graban armas y guantes artilleros. Y guastadas atrás y guindadas, ambas yerbas, granadilla amarilla y girasol, añadieron y germinaron. Anochecía y Guillermo, Andrés, ya gozaban arrobados yeguando gozosos, aplaudiendo y gentilizando al yang; golpeando al yerbal, golondros ambiciosos, yoístas…


©2013 PSR



TAUTOSIGLAMA

Un tautosiglama es un tautograma compuesto en el que las palabras que lo constituyen comienzan con las letras del título escrito en forma de siglas, en el mismo orden que llevan. El título del tautosiglama representa el tema que se desarrolla en el texto, y por su naturaleza acrónima, las letras del título van separadas por un espacio.

© Patricia Schaefer Röder, 8 de mayo de 2011

miércoles, 9 de julio de 2014

LA SIRENA


La sirena cantaba en la playa. Sentada sobre una roca, entonaba notas mágicas que poco a poco se colaban entre mangles y palmeras, entre almendros y uveros, pasando traviesas por veredas y senderos, hasta la aldea de pescadores. En la oscuridad, la luna aún dormía como la gente del pueblo. La sirena cantaba y cantaba, segura de que pronto vendría a hacerle compañía. Su melodía dulce al fin tocó los oídos justos, que la esperaban cada mes con ansias y al mismo tiempo con tanta serenidad. Musitaba mirando la orilla, anhelando que apareciera. Entonces sucedió. Con la salida de la luna, una figura caminaba por la playa, comenzando a arrojar una leve sombra sobre la arena, mientras se acercaba a la orilla del mar. La sirena sintió el corazón latir más fuerte y en medio de su canto, la sonrisa se volvió más amplia. Había venido. Finalmente, la figura entró en las aguas, dirigiéndose hacia ella con la placidez de quien se reconoce en un espejo. La sirena retornó al mar, nadando rumbo al divino encuentro. Llegó, e inmersa en el abrazo tan deseado, acarició su cabellera larga y plomiza, y la besó con infinita ternura en medio de la luz plateada que llenaba la bahía. De nuevo era noche de luna llena.


©2013 PSR


miércoles, 2 de julio de 2014

EL DUEÑO


Hace mucho tiempo, vivía un niño en un poblado lejano. Como tantos otros, pasaba todo el día afuera, al sol. Pero este chico poseía algo maravilloso; era el dueño de la pelota. No tenía amigos, pero la tenía a ella y eso le bastaba. Los demás niños jugaban a la guerra y a colgarse de los árboles, pero a él no le gustaban las confrontaciones y tampoco era muy ágil para treparse por palos y saltar. Era feliz con la bola; aprendió a manejarla con las manos, pies, piernas, pecho e incluso con la cabeza. La correteaba por el parque, pateándola con todas sus fuerzas contra el muro del fondo, como si quisiera perforarlo. Durante mucho tiempo jugó con la pelota sin necesitar nada ni de nadie más, siempre solo.

Poco a poco, con el pasar de los años, comenzó a interesarse por los demás niños que siempre jugaban juntos. Quiso acercarse a ellos, pero por su infundada fama de asocial y arrogante, nadie le prestaba atención. Se sentía incomprendido y triste; no entendía por qué lo rechazaban sin siquiera conocerlo. Sin embargo, y a pesar de su timidez, intentaba en vano hacer amigos. Se lo había propuesto y deseaba lograrlo; al fin quería ser como los demás chicos.

Un día, se le ocurrió invitarlos a todos a jugar con la pelota. Estaba dispuesto a compartir su más preciada posesión con ellos, esperando secretamente que lo aceptaran. Con mucha alegría, los niños accedieron jugar y comenzaron a lanzarse la bola entre ellos. Él les explicó las reglas que había inventado para jugar en dos grupos y ellos asintieron. Cuando decidieron quién estaría en cada conjunto, el único que quedó fuera fue él. Para no llevarles la contraria y evitar que se molestaran, decidió que participaría por su cuenta, como un tercer equipo. Todos estuvieron de acuerdo y comenzaron a jugar.

Las instrucciones eran muy fáciles: no podían usar las manos, tenían que patear la pelota por el patio y dispararla contra el muro del fondo; ganando aquel grupo que lo lograra más veces. Así, se pasaban la pelota, intentando bloquear a los del otro equipo. Contentos, marcaban sus tantos, saltando de emoción y abrazándose cada vez que concretaban un punto. Él, experto veterano en su propio juego, quería mostrarles lo bien que dominaba el manejo del balón, pero siendo del tercer grupo y sin tener compañeros, nadie le pasaba la bola. Con su vistosa camiseta, corría y corría detrás de los demás, llamándolos, haciéndoles señas, recordándoles las reglas y pidiendo que lo dejaran jugar, pero ellos lo relegaban, pateándose la pelota entre sí, trabando al contrincante y buscando el muro para anotar un tanto más. Se le ocurrió usar el silbato que siempre traía en el bolsillo. “Tal vez con él pueda llamar la atención y me pasen el balón” pensó. Pero no fue así. Sucedió que los chicos se aburrieron de él, de su silbato, sus reglas, sus señas, su elegancia, sus regaños y su insistencia en que le pasaran la bola para demostrarles lo bueno que era, siempre recordándoles que él era el dueño de la pelota. Lo ignoraron cada vez más, pero a pesar de eso no pudieron hacer mella en su perseverancia. Desde entonces, siempre intentando participar, corretea a los demás niños por el parque, pitando y buscando el balón inútilmente.

 
©2014 PSR