LIBROS POR PATRICIA SCHAEFER RÖDER

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miércoles, 18 de noviembre de 2015

PASIÓN

 
aparece sin avisar
temblando profunda
va gestándose como un maremoto
contundente
me cubre
no tiene piedad
entra por mi piel sin pedir permiso
recorre el cóccix
inunda la espalda
camino a la nuca
cada tejido de mi cuerpo la absorbe
poco a poco
hasta quedar toda yo plena de su energía
me engulle
insaciable
me rebosa
impetuosa
quiere salir por mis poros
no la dejo
todavía
necesito disfrutarla un poco más
vivirla
sin miedo
por puro placer
con las pupilas encendidas
los labios hambrientos
con la espalda arqueada
la piel ardiendo
invadida de pasión me rindo
mientras me consume
las venas laten
en un remolino caliente
el espíritu se emancipa
huyendo del torso
las entrañas estallan
océano adentro
en medio de tanto sentimiento
quedo al fin
desnuda de voluntad
...sonrío.


©2015 PSR

 

miércoles, 22 de octubre de 2014

JUSTICIA

Jóvenes sanos
en busca de la igualdad
de corazones.

Unidos todos
no habrá obstáculos
muros ni abismos.

Saben de siempre
que hormigas y abejas
trabajan juntas.

Todo el tiempo
energía y empeño
rendirán frutos.

Inacabada
la historia contaremos
sigue adelante.

Corrupción y odio
producen desatino
en celdas frías.

Ideas limpias
guían por sendas de luz
a la dignidad

Amanecerá
vencerá la justicia
del Bravo Pueblo.


©2014 PSR

miércoles, 6 de agosto de 2014

L U Z (III)


Luciérnaga soy
en medio de la noche
intento dar luz.

Un haz brillante
me envuelve tan cálido
dulce aroma.  

¡Zas! Tomo impulso
tan llena de energía
sonríe mi alma.


©2014 PSR

miércoles, 4 de mayo de 2011

PASIÓN

despierta
poco a poco
desordenada
burbujeante
suavemente turbulenta.
espontánea se arremolina
buscando espacios
para inundarlos
buscando aire
para respirarlo
buscando vías
para fluir
para viajar
sin fin.
una corriente
eléctrica
energética
extática
exquisitamente plácida
recorre mis entrañas
una por una
pulsando
latiendo
retorciéndose divinamente
abriéndose paso
órgano a órgano
nervio a nervio
desbocándose
roja
blanquecina
acuosa
salada
magnética
llenando el cuerpo
hasta reventar
envolviéndolo
abrigándolo
preparándolo para lo que sucederá
deliciosa
íntima
inminente
inevitablemente.
entonces
arrebatada
tomo el instrumento
…escribo.


©2011 PSR

miércoles, 21 de julio de 2010

MANI-CURA

mi mano es un campo
desierto
baldío
ingenuo
tu palma anda de paseo
dominguero
cinco dedos inquietos
se acercan
sigilosos
curiosos
vienen explorando
el terreno
solitario
avanzan
descubriendo
en el camino
nudillos
surcos
piel
trazos de la vida
herramienta del alma
aquel dorso llano
se levanta
poco a poco
convirtiéndose en cueva
majestuosa caverna
lentamente
esperando
lo desconocido
dejándose descubrir
tímida
cediendo
soltando
una a una
cada hebra de la soga
que amarra implacable
mis días
a la rutina
de pronto
sereno
imparable
se revela un sismo
suave
contundente
desplomando la mano
derrumbando la gruta
galería de cinco arcos
gira pausada
tibia
pulgar afuera
transformada en cuenco
que tus dedos invadirán
gota a gota
cayendo inminentes
dulces
concéntricos
expandiéndose seguros
en un mar de ondas
que parten de ti, manantial
desde el centro de mi palma
creciendo perfectas
hacia la periferia
pentangular
de mis yemas
transmitiendo olas
energizantes
relajantes
incontenibles
sublimes
divinas
piel adentro.



©2010 PSR

miércoles, 30 de junio de 2010

MARIPOSA NOCTURNA



soy una mariposa nocturna
que vuela directo
sin escalas
a la fuente de luz
brillante
intensa
que hay en tu alma.
avanzo veloz
sin frenar
sin pensar
no quiero hacerlo.
perdí el control
en realidad me deshice de él
al fin.
no lo necesito
ni lo deseo.
me acerco
cada vez más
mis alas baten el aire
que alimenta ese fuego
inacabable.
me lanzo
segura
embriagada de ti
para quemarme entera
inevitable
masoquista
divinamente.
entonces
somos un solo ser
pura energía
luz y calor
…amor.



©2010 PSR

miércoles, 2 de junio de 2010

MANOS

En el estudio de mi padre hay un retrato de las manos de mi abuelo, el ginecólogo obstetra Dr. Georg Ernst Schaefer, realizado por su amigo el pintor KGe en 1934. El artista plasmó su percepción de aquellas manos que habían traído al mundo a tantos niños y habían ayudado a tantas mujeres a lo largo de muchos años en Gera, Alemania. Sí, las manos de mi abuelo hicieron mucho bien… al igual que las manos de todos nosotros.

No tuve la dicha de conocer a mi abuelo ya que él murió un año antes de yo nacer; así que nunca pude tocar sus manos. Sin embargo, podía verlas cuando quisiera en ese cuadro. De alguna manera es inevitable mirarlo cada vez que entro al estudio, aún hoy que mi padre ya no está. Las manos de mi abuelo fueron entrenadas para la labor que debían realizar; eran manos trabajadoras y sanadoras, listas para intervenir drásticamente en cualquier emergencia y para dar consuelo frente a los desenlaces difíciles. No me extraña que alguien se hubiese sentido interesado e incluso fascinado por lo que significaron esas manos famosas en Gera hasta pasada la primera mitad del siglo pasado.

Lógicamente me siento contenta por mi abuelo, pero lo que más me encanta de sus manos es que no tenían nada especial; su importancia era debida al uso que él les daba, convirtiéndolas en diversos instrumentos según la necesidad del momento. Y eso era exactamente lo que hacía mi otro abuelo, Gustav Röder en Königsberg, por otro lado de Alemania cuando como maestro albañil utilizaba las manos para construir casas y edificios. También su esposa, mi abuela Liesbeth, usaba sus manos al cortar patrones en telas para coserlas después, convirtiéndolas en prendas de vestir. Por su parte, en Marburg, mi emancipada abuela Paula Mahr utilizaba las manos para expresar sus ideas escribiendo ensayos sobre teología y religión. Estoy muy orgullosa de mis cuatro abuelos; cada uno de ellos creó algo diferente pero todos usaron sus manos, manos como las de cualquier persona. ¿Y de qué otra manera podrían ser, sino iguales a las nuestras?

Las manos. ¡Cuánta perfección y cuánta belleza encerradas en un par de palmas, esperando la indicación exacta para actuar, dejando salir entonces miles de emociones y conceptos! Cuánto pueden revelar un par de manos acerca de su dueño… Y cuánto pueden contarnos nuestras manos, si tan sólo prestamos atención a las señales que nos transmiten. Las manos son uno de los medios de comunicación más importantes, desde el mismo sentido del tacto, pasando por la creación de cualquier obra y llegando al lenguaje de señas y la lectura braille. En cuanto a la transferencia instantánea de información, no hay nada que se compare a un apretón de manos; es un contacto breve e intenso entre dos personas que dan el primer paso para conocerse. Sin embargo, hoy en día hay mucha gente que por diferentes razones ya no quiere dar la mano al saludar. Para mí, la presentación de una persona queda incompleta si no me da la mano; ese intercambio energético momentáneo es prioritario porque me da una mejor idea del carácter de quien acabo de conocer. Las dimensiones, forma, temperatura y textura de la mano, junto con la manera de engancharla, la presión, la expresión del rostro, la mirada y la duración del evento son indispensables en esa primera impresión tan importante que puede definir el curso de una relación.

En la inmensa mayoría de las actividades que llevamos a cabo todos los días están involucradas las manos. Ellas ejecutan las instrucciones que les damos, y siendo nosotros duales por naturaleza, les cargamos un lado luminoso y otro oscuro. De la misma manera que las manos pueden crear cosas importantes y hermosas, también son capaces de destruir cuanto existe: pueden dar vida o pueden quitarla, acercar y comunicar o alejar, rechazar y bloquear todo intento de encuentro. También pueden arreglar, reparar cualquier obra destruida; incluso son capaces de curar y de hacer soñar. Las manos pueden aferrarse fuertemente a algo y no dejarlo ir jamás o aflojarse, soltarlo, empujarlo y luego escapar; pueden abrirse para saludar o convertirse en un insulto o un puño que ofenda o hiera. Pueden defender nuestras ideas de manera pacífica, protegernos de cualquier peligro o atacar sin misericordia y con todo el odio del mundo; pueden llenarnos de energía, elevándonos por encima del mundo o drenarnos, pisoteando nuestra alma, silenciándola irremediablemente. Las manos comienzan todas las obras y las acaban también; pueden cuidarlas o maltratarlas, regalar amor o robar la felicidad, aniquilando al ser. Nuestras manos pueden lograr todo esto y mucho más… y justamente ese es su sentido: son los instrumentos más perfectos de que dispone el espíritu.

Las manos son los principales órganos con que manejamos el mundo que nos rodea. Su diseño y constitución las hace extremadamente versátiles en cuanto a su funcionalidad, siendo capaces de realizar infinidad de movimientos en muchos grados de precisión. Principalmente, las manos hacen. Hacen algo, lo que sea, pero siempre hacen. Son el vehículo del que disponemos para dominar el ambiente a nuestro antojo: al cumplir órdenes ellas trabajan, luchan, siembran y después cosechan. Son capaces de indicar, atajar, cocinar, vestir, limpiar y llamar; traen y recogen todo lo que haga falta en un hogar cada vez que sea necesario. Nuestras manos crean obras de arte, nos emocionan produciendo música, dibujan y escriben para entretenernos, para plasmar nuestros sueños o como medio para subsistir. Ellas comienzan las cosas, colocan todo en el lugar exacto, ejecutan las acciones que deben, siempre acatando nuestros mandos para tomar las armas y embestir o para juntarse como si fuesen un espejo, llevándonos a un estado espiritual elevado en el cual logramos orar o meditar.

Pero estas maravillosas herramientas empotradas de que dispone nuestro cuerpo no sólo sirven para trabajar y producir; se consideran también las mejores representantes del sentido del tacto. En las puntas de los dedos hay una enorme cantidad de terminaciones nerviosas que nos dan información sobre el entorno a la vez que nos permiten manipularlo. El procesamiento instantáneo de infinitos estímulos y sensaciones crea un panorama completo e irremplazable según el cual reaccionaremos. Definitivamente, las manos son perfectas; señalan algo que nos interesa, encuentran objetos, los alcanzan, agarran, palpan, sienten su superficie, textura, dureza o suavidad comunicándonos cada detalle instantáneamente, constantemente, fielmente. Ellas son capaces de descubrir menudencias casi imperceptibles, ver en la oscuridad absoluta, sentir las vibraciones de la música, un grito, una explosión, el golpe de algo que cae y un susurro; pueden escuchar lo que nuestros oídos no son capaces y llevar cualquier mensaje al destino preciso, explicando el objeto o la circunstancia. Al describir nuestro mundo en detalle, las manos detectan, sitúan y ubican, notan y examinan, aprecian y observan, manifiestan y revelan los elementos y el conjunto, sorprendiéndonos constantemente. Así, nos hablan afirmando aquello que nos envuelve y son capaces de recordar todas las sensaciones aprendidas en un evento.

Nuestra alma utiliza las manos como su extensión física y son el mejor medio de que dispone para expresarse. Con ellas nos dedicamos a repartir amor a quienes nos rodean. Traemos vida al mundo, la cuidamos, alimentamos y ayudamos de mil maneras diferentes. Las manos son importantes al momento de enfrentar cualquier peligro; podemos envolver en ellas algo o a alguien para defenderlo o impedir una desgracia, transmitir seguridad con una simple palmada en el hombro, confortar a otro con el calor de nuestro tacto y ayudar a los demás a sanar por sí mismos con la energía que pasa a través de nosotros y emana de nuestras palmas. Las manos nos ayudan a consolar a quien lo necesita, estrechándolo en un gesto protector de la más pura entrega. Son elementos curativos en toda la extensión de la palabra; con ellas damos masajes y aplicamos tratamientos, revitalizando a los demás al recibirlos y a nosotros mismos por la oportunidad de darlos.

Y por supuesto, las manos son muy importantes a la hora de expresar los sentimientos. ¡Qué delicia sentir esa caricia anhelada en el momento oportuno! ¡Qué regalo tan especial llegar a posar las manos sobre la piel del otro, entregándole la tibieza de nuestras palmas y descubrir su calor... su tremor… la explosión de su erizamiento inminente como consecuencia de un inesperado escalofrío. Las manos llegan adonde más se necesitan; ofrecen toda la suavidad y la ternura del universo, dan cariño, palpan, tocan, aprietan, desean, sienten, reciben, disfrutan, son delicadas, quieren, complacen, aman… y en el instante menos esperado, aquellas manos que tan obedientes siguen siempre nuestras instrucciones de pronto se rebelan, se emancipan y se liberan, perdiéndose a ratos por las sendas ocultas de las emociones…

Las manos. Mientras más las descubro, más me maravillan.



©2010 PSR

miércoles, 23 de diciembre de 2009

ALMA GEMELA

“…Alma gemela, no sabía que existías. Eras un concepto extraño, etéreo, totalmente ajeno a mi realidad. A pesar de que soy sensible a tantas cosas intangibles, ignoraba que pudieras ser. Pero hoy, sin buscarnos siquiera, nos encontramos y de inmediato lo supe: hemos estado revoloteando por cada lado, vibrando en sintonía sin percatarnos, rozando nuestra energía levemente en algún cruce fortuito y siguiendo nuestros espacios por separado, cuando en realidad todo eso no era sino una danza en gran espiral loco que nos acercaba cada vez más al inevitable encuentro.

Nunca te busqué; no me hacía falta nadie más. Andaba contenta por la vida coleccionando almas bellas que aparecían solas, a las que abría las puertas para que entraran a vivir en mí, y que llevaba conmigo como parte de mi existir. Incluso hace tiempo te dejé entrar a ti también, sin saber que luego te descubriría como mi espejo. El destino hizo lo suyo; detalles casi imperceptibles se fueron acumulando modestamente en un rincón del ser, hasta que de repente, un buen día de sol y brisa, mi alma se tropezó con ellos y te descubrí a su lado, cuidándolos como quien quiere impedir que el viento revuelva las hojas recién barridas del otoño.

Vivimos en dos mundos paralelos sin puente conector. Sin embargo, siento tu presencia como algo palpable y totalmente real, a pesar de las dimensiones que nos separan. Cada vez te vuelves más imprescindible para mí; imaginar que en cierta medida es recíproco me llena de felicidad y desasosiego a la vez, ¡qué ironía! Nunca me había pasado algo tan fuerte y bello en la vida; sentimientos que se vuelven físicos de la manera más intensa que haya podido registrar mi cuerpo. Un calor perenne en la cabeza que se concentra hacia los lados y la nuca. Una sensación de ardor, vacío y llenura en el estómago, en las entrañas, en el pecho encogido. Una tibieza repentina en el torso y una taquicardia suave pero inminente. Un estar todo el día con tu recuerdo en la mente y el corazón, sin poder registrar hambre ni sueño. En fin, todo mi sistema está trastornado. Esta situación lo está desequilibrando y no puedo hacer nada al respecto. Y sin embargo, de algún modo un tanto masoquista, disfruto a plenitud este sacudón de emociones que trajiste para recordarme que aún estoy viva y que soy capaz de sentir de la manera más sublime. La sonrisa se volvió dueña de mi cara de tanto recordarte. Se me hace prioritario saber de ti; lo necesito para estar en paz conmigo misma y con el mundo. ¿Qué te puedo decir? Contigo me siento arropada; me transmites tranquilidad, me llenas de tu paz y eso me hace bien. Nuestras conversaciones nutren mi alma y me elevan vertiginosamente. A pesar de que me sé una persona espiritual, le has dado un significado aún más profundo a esa espiritualidad; un alcance universal e insospechado que me libera plenamente. No puedo evitar querer verte a cada instante; escuchar tu voz y sentir tu abrazo cálido en una muestra del más puro sentimiento de amistad incondicional. Sabes que estoy a tu lado para acompañarte en cualquier circunstancia que te depare el destino. Nuestras almas se reconocieron y desde ese instante crecen juntas, aunque nuestras realidades sean diametralmente opuestas. Es una verdad contundente que perdurará por toda nuestra existencia; algo que nadie nos quitará jamás.

Además del gran afecto que crece veloz y fuerte, siento un enorme y profundo respeto hacia ti, tus ideas y tu manera de vivir. Me parece que eres un ser humano excepcional y me siento muy orgullosa de poder compartir momentos contigo, con todo lo que eso implica; sueños, gustos, vivencias, opiniones. Y sobre todo, me siento verdaderamente honrada al recibir de ti tantas manifestaciones de cariño, junto al inmenso regalo de tiempo de tu parte; lo más preciado y escaso que hay. No te imaginas lo importante que todo esto es para mí; haber encontrado una persona como tú, en la que además puedo ver el reflejo de mi alma.

Me siento extremadamente cómoda contigo. No tengo que usar ninguna máscara ni esconderme detrás de un disfraz; puedo ser yo misma, y eso me da una libertad incalculable, total. No tienes una idea del gran bien que me haces. Los momentos que compartimos son un respiro, a la vez que me llenan de vida, de alegría y de optimismo. Me he vuelto adicta a tus poemas, tus sueños, tus palabras bellas, las imágenes y las expresiones fuertes y emotivas con las que me cuentas de tus amores y tu vida. Por favor, no dejes de hacerlo nunca. Es para mí un honor saberme lo suficientemente importante como para que me confíes algunas de tus cosas, y te lo agradezco de corazón, no sabes cuánto.

Eres un alma de luz que ilumina todo a su alrededor, sin final a la vista. Tu historia me inspira y me intriga; eres una de las personas más generosas y apasionadas que he conocido jamás, y me da una alegría indescriptible poder confiarte esto con todo el cariño y la admiración que te mereces. Deseo que seas inmensamente feliz, como lo soy yo por habernos reencontrado. Anhelo que todos tus sueños se hagan realidad; que encuentres a la persona indicada para compartir tu vida, sin que ello signifique excluirme de tu ahora continuo e infinito. No podría resistir tu ausencia deliberada; enfermaría de tristeza sin antídoto alguno para mi mal, y eventual y calamitosamente sucumbiría ante tan enorme pena. Me da miedo extrañarte porque sería una prueba de que no te tengo. Sin embargo, sé que estás conmigo de una manera mucho más profunda, y eso me llena de dicha. Espero que lo que tenemos ahora no se acabe jamás, para que siempre estemos presentes en el corazón, la mente y la realidad mutua.

Sabes que te quiero. Por favor, nunca lo olvides…”.


©2005 PSR
fragmento tomado de un trabajo en proceso

miércoles, 16 de septiembre de 2009

AMANECE

Cada día es más lento el amanecer; lo he venido notando durante las últimas semanas. Al fin amanece. Amanece despacio. Pareciera que al sol le costara cada vez más trabajo imponerse sobre la noche. Amanece en el quinto. No en el cuarto, ni en el sexto. Amanece en el quinto piso del parque de oficinas que desde las lomas del sur vigila a la ciudad en su valle.

El paisaje que veo por mi ventana parecería plácido y hasta idílico, si no fuera porque sé que los intensos ocres y naranjas no tienen nada que ver con el amanecer. Las hebras pajizas en cuatro tonos entran y salen sobre una suerte de rayos en la espesa nube de smog que cuelga sobre la ciudad.

Estiro las piernas. Aprieto fuertemente los dedos de los pies. Bien fuerte, hasta sentirlos de nuevo. Tengo los pies casi dormidos. Los flexiono hacia arriba y hacia abajo, apuntando amenazante el helecho de la esquina. Mis pantorrillas se convirtieron en piedras que buscan inútilmente una salida a través de la piel.

En el pequeño baño de mi oficina me encuentro con la última versión de mi persona. Desgarbado hasta el tuétano; la sombra de la barba compitiendo con el desorden de mis cejas y mi cabello. Mi camisa parece salida de una botella. Me veo mal. Huelo peor. Me refresco la cara con mucha agua fría, intentando borrar de cuajo el trasnocho de mi vida. No es fácil.

Preparo otro café más. Café venezolano. Después de tantos años en este país, aún no me he podido acostumbrar al líquido amarronado y enclenque que aquí llaman “café”. Una infusión que más bien parece el agua residual de unos granos tan procesados que ya ni el aroma logran conservar, y que necesita de toda clase de aditivos para mejorar lo que se supone alguna vez debió ser su sabor natural. ¡Tanto trabajo sólo para devolverle la apariencia de café! ¡Qué va! Si no es café de Venezuela, prefiero no tomar nada. Bueno, tal vez un té, si la urgencia de cafeína es demasiado grande.

El murmullo frío del aire acondicionado y el olor del café colándose me hacen pensar en aquellos días en la universidad, cuando me quedaba con mis compañeros hasta tarde en las salas de estudio, intentando resolver algún problema de cálculo o una matriz complicada. ¡Qué lejanos están esos tiempos ya! Casi no me puedo identificar con aquel joven activista de la Facultad de Ciencias que participaba en las protestas por la contaminación del Guaire y el exceso de coliformes fecales en el litoral central. Los recuerdos de esa época se destiñeron; se corroyeron como un trapo que sucumbe al polvo y se deshilacha sin que nadie lo toque, tan sólo de quedar guardado en una habitación cerrada. Bajo llave dejé mis pertenencias y añoranzas cuando me fui a hacer el doctorado en los Estados Unidos. Seguro de mí mismo, dueño del mundo, me dejé guiar por la ética férrea que heredé de mis padres. Ella me señaló el camino, mientras el ímpetu avasallante de la juventud me puso a andar sobre él, marchando a paso certero y contundente. Pero los años me demostraron que el hierro también se corroe, igual que el trapo aquel de mis recuerdos.

Estoy pegajoso. No soporto mi propio olor. Ya que no me puedo duchar, necesito darme al menos un baño de toallita. ¡Ah, ya me siento mucho mejor! A pesar de que no es la solución perfecta, cumple con el propósito de hacerme ver aseado. De hacerme sentir limpio, aunque en el fondo sepa que no lo estoy realmente. Enterraré cualquier resto de mal olor con bastante desodorante y colonia, como hacen todos. Saco una de las mudas de ropa que tengo en la oficina para casos de emergencia.

La luz que llega a la ciudad aún es demasiado tímida como para distinguir colores. Todo se reduce a tonos pardos y grises. La verdad es que hay muchos edificios grises en la ciudad; demasiados. Más que grises, son casi negros por el hollín pegajoso que se acumula sobre ellos. El hollín de los carros y los autobuses; el hollín de los camiones y las fábricas. Así tendremos también los pulmones, negros de hollín, y no precisamente por el cigarrillo. Yo ni siquiera fumo y me cuesta subir las escaleras a la entrada del edificio. Y eso que sólo son 35 escalones. Definitivamente, así no se puede vivir. Bebo un sorbo de ese café del color de mi conciencia y miro hacia otro lado. No me quiero ofuscar, necesito tranquilidad para concentrarme. Busco refugio en el almanaque que cuelga en la pared. Las fotos son espectaculares. La que más me gusta es la de diciembre; un atardecer polar con un enorme iceberg que se desprende de un glaciar en Groenlandia. ¡Qué desgracia! Los glaciares se derriten y no podemos hacer nada al respecto. Es inútil, no tengo escape. Cada cosa, cada sonido, cada olor me llevan al mismo punto, sin importar por cuáles veredas retorcidas tenga que pasar. Es algo irrefrenable. Inevitable. Insalvable.

Ropa fresca, ¡qué alivio! Comienzo a vestirme mientras bebo mi café. Mary Ann y los chicos me saludan desde el escritorio. Todos se abrazan y ríen en aquel paseo al Gran Cañón del Colorado. Eso fue hace tres años. Lo pasamos tan bien; fue uno de nuestros mejores paseos en carpa. Mary Ann es la mejor compañera que hubiera podido desear. Una mujer de todo terreno, que disfruta una excursión en la naturaleza tanto como una cena gourmet en un buen restaurante. Mi mejor amiga. Tenaz y con unos valores indelebles. Aunque nuestro apoyo mutuo siempre ha sido incondicional y eterno, no quisiera defraudarla ahora. La espera me mata; quiero que todo acabe ya.

Poco a poco la oscuridad se desvanece. La luz empieza a ganar terreno. El sol comienza a salir por las montañas del este; lo veo a través de la capa granulada que sigue suspendida a lo largo de todo el valle.

Llevo años jugando este juego en silencio, haciendo únicamente lo que la empresa espera de mí y nada más; sin demasiado entusiasmo ni tampoco un atisbo de pensamiento libre. A pesar del puesto que tengo en la compañía, me he convertido en un testigo presencial del deterioro del planeta, como todos los demás. Sólo que yo tengo el privilegio de ver la función desde el mejor ángulo en el palco diplomático. Cada detalle, cada cifra, cada estudio entran en el espacio ciego, sordo y mudo en que se convirtió mi albedrío. Un espacio hueco que sin embargo ocupa un volumen incómodo. La situación ha ido empeorando a un ritmo constante con cada año que pasa. Un poco más contaminado el aire, un poco más caliente el verano, unos cuantos desastres naturales más intensos que el año anterior. A pesar de saber todo eso, muchos de mis colegas insisten en pensar que todo sigue igual. Eso es lo que la compañía sostiene públicamente y los empleados tenemos la obligación tácita de respaldarlo. Jeremy Lowell no lo tomó demasiado en serio y perdió su puesto de quince años después de dar unas declaraciones objetivas que apenas tocaban el tema. Inmediatamente después nos llegó el memorándum, directamente desde arriba: la empresa adoptaba una política de cero tolerancia. Así de simple. La posición oficial va de la mano con la apariencia generalizada de que no hay un cambio significativo en el ambiente. Pareciera que la Tierra tuviera una capacidad de carga infinita. Pareciera. Parece. Sí que lo parece. Pero el último informe confidencial que recibí con datos del calentamiento global es alarmante. Tanto, que si no intervenimos a tiempo, puede cambiar el patrón del clima mundial. Definitivamente no es un juego. Llegamos al límite; la Tierra finalmente se llenó. Pero sé que aún hay esperanzas, si todos colaboramos. La medida más drástica y efectiva sería detener por completo el uso de la gasolina y el carbón que producen los gases invernadero. Claro que eso es imposible. Lo que sí se puede hacer es sustituirlos por el gas natural, que es una fuente de energía más limpia y produce una cantidad mucho menor de CO2 y partículas. Más adelante se podría cambiar el parque automotor por vehículos a hidrógeno, un combustible renovable que no produce casi ningún desecho. También está la propuesta de los vehículos eléctricos, que fue boicoteada y engavetada hace años por las presiones de las compañías petroleras, iguales a ésta en la que dirijo el departamento de geología, exploración y mediciones. ¿Qué habrá sido de la vida de Lowell? ¿Tendrá trabajo? Su puesto lo ocupó alguien que conoce de memoria las reglas del juego y se atiene tercamente a ellas. Siento un vacío que me sube desde la boca del estómago al recordar a Lowell y saber que soy lo suficientemente cobarde como para guardarme mi opinión de experto en la materia. Es duro ser honesto cuando se tiene una familia que depende de uno.

Como en las demás corporaciones, sobre todas las cosas, lo más importante es que la compañía produzca ganancias a los accionistas. Ellos son los dueños; pagaron su parte y esperan una retribución positiva para sus bolsillos. Todos los directores de departamentos tenemos acciones en la empresa. A nosotros también nos conviene que la compañía genere ganancias. Por ley, la empresa tiene el deber de producir beneficios mayores cada año. Eso en sí no tiene nada de malo. Pero cuando otras personas resultan afectadas por sus actividades, debería haber un freno. Un freno legal preventivo. Al menos un freno moral, que sea consecuencia del respeto al prójimo. Sólo que las corporaciones no funcionan de esa manera; son creadas para generar beneficios a cualquier costo. No existe freno legal alguno, y como las corporaciones son amorales, pueden seguir adelante con sus operaciones de la manera en que se establecieron originalmente. Las corporaciones no se hacen responsables de los estragos que puedan causar, a menos que alguien busque remedio a algún daño específico cuando el mal ya está hecho. Son una especie de monstruo invencible que existe independientemente de sus miembros, sin que ellos respondan por los actos del engendro. A veces esos mismos miembros incluso aparentan una cierta preocupación, pero en realidad no toman carta en ningún asunto. ¡Cómo me asquea todo eso! La directiva y la junta de accionistas están formadas por personas de carne y hueso que presuntamente tienen moral, o que al menos deberían tener cierta ética. Bueno, eso es lo que pretenden aparentar. Ellos sí tienen poder de decisión. Justamente por eso no termino de entender cómo estas personas permiten que su compañía haga lo que le plazca, sin mostrar el más mínimo respeto hacia el resto de la humanidad. Más aún, hacia el resto del mundo, con todos los seres animados e inanimados; ahora más bien desanimados.

Cepillo mis dientes minuciosamente. Deben quedar impecables, igual que el aliento. Me afeito con la misma rasuradora eléctrica que me regaló el antecesor en este puesto cuando se retiró hace diez años. Ya me veo mejor; la cara más limpia, despejada. Mojo un poco mi cabeza para doblegar el pelo salvaje que se resiste al peine con todas sus fuerzas. Quizás sea el último vestigio de rebeldía que me quede, pero hoy lo debo domar. Está difícil; intentaré con gel.

Mi familia me sigue mirando mientras yo esquivo el brillo de sus ojos, intentando fijar la vista en aquel puente de hierro sobre el río que parte la ciudad en dos. Finalmente la luz logró convertir su silueta plana en una estructura tridimensional. Me resulta inevitable pensar en las dos grandes inundaciones de este año. Fue impactante ver el puentecito desaparecer de pronto, ahogado en un torrente de escombros que casi se lo lleva a él también. Las pérdidas fueron enormes; muy pocos estaban asegurados contra desastres naturales. Estas inundaciones se están volviendo frecuentes en todo el mundo; otra consecuencia del cambio climático. El clima fustiga de la peor manera a los que menos tienen, mientras los demás, como yo, como los directivos y los accionistas de esta empresa, muchas veces ni nos enteramos de las consecuencias de nuestros actos. O más bien de nuestra indolencia. No es nada alentador admitirlo; mucho menos seguir adelante sabiéndome parte del problema y no de la solución. Sin embargo, me he vuelto un experto en aparentar que hago algo positivo. Yo mismo me lo creí durante años.

El Tratado de Kyoto comenzó así: tratando. Australia y los Estados Unidos se negaron a ratificarlo. Estados Unidos dijo claramente que no lo firmaba por el bien de la competitividad de sus empresas. De empresas como ésta, para la cual yo trabajo, y que tienen una junta de directores y otra de accionistas, formadas por individuos supuestamente pensantes. Empresas que parecen serias. ¿Será que todas estas personas ignoran lo que pasa? ¿O será más bien que quieren ignorarlo? ¿Será que de verdad creen la versión tergiversada que la compañía respalda institucionalmente, de que el cambio climático es sólo una oscilación natural de la temperatura de la Tierra? ¿O será más bien que prefieren creerlo para poder acostarse tranquilos cada noche y dormir plácidamente hasta el día siguiente? ¿Será que piensan que la Tierra seguirá aguantando todo lo que le hagamos? ¿Que nada cambia, que todo sigue igual y seguirá igual por siempre? ¿O será más bien que no les importa lo que pase, porque al fin y al cabo ya ellos vivieron más de la mitad de sus vidas y están asegurados por el tiempo que les queda? ¿Será que no están dispuestos a renunciar a su propio beneficio por el bien de todos los demás, incluyendo sus familias? ¿O será que no les importa dejarles un mundo inhabitable a sus hijos y nietos? Creo que nunca lo sabré. O tal vez me dé miedo saberlo. Tal vez sólo soy igual a ellos y no quiero admitirlo.

Me pongo la camisa. Me queda muy holgada, igual que otras piezas de ropa. Desde hace un tiempo he venido rebajando sin hacer dieta. Pero no hay problema; la chaqueta lo disimulará perfectamente. Me anudo la corbata y entro en mis zapatos.

Como en todas las corporaciones, el funcionamiento de esta compañía se basa en las apariencias. La apariencia de que las ganancias siguen aumentando. La apariencia de que todo funciona bien. La apariencia de que es una compañía responsable. La apariencia de que los accionistas se preocupan por el ambiente. La apariencia de que el mundo es un reservorio infinito y que puede resistir los insultos ambientales eternamente. La apariencia de que todo sigue igual. Pero las apariencias engañan.

¡Basta ya! No puedo más. Mi alma llegó a su límite. Por primera vez en mucho tiempo, haré lo que debo hacer. Invocaré a Roberto Martínez, el impetuoso estudiante de geología de la Universidad de Caracas para que sacuda al Dr. Martínez, el experto graduado de Yale que trabaja desde hace casi veinte años en la petrolera más grande de los Estados Unidos. Los tres juntos nos enfrentaremos a la ignorancia en la que conceptualmente se sume la compañía. El problema es tangible y urgente; es imposible darle más largas.

Al fin terminó de salir el sol. Se ve más grande y brillante que nunca, alzado sobre la calina polvorienta y concentrada que flota terca sobre los edificios. La cita con los directivos y la junta de accionistas es a las 8:00. Todo está listo en la sala de reuniones. Las pruebas son contundentes. La presentación que preparé también lo es. Ya no habrá más excusas. No más ignorancia. No más hipocresía. No más noches en vela, al menos para mí. Se acabó. Es mi responsabilidad asegurarme de que el mensaje llegue adonde tiene que llegar, y así lo haré. Es mi oportunidad de devolverle fuerza a la luz para que venza a la oscuridad.

Acabo mi café. Respiro y vuelvo a cepillarme los dientes. Unas gárgaras con solución para el aliento y quedo prístino de nuevo. Me peino una vez más. ¡Listo! Ahora la chaqueta del traje. No puedo causar la impresión equivocada. Al fin y al cabo, la gente cree en las apariencias.


©2006 PSR

miércoles, 22 de julio de 2009

ENAMORÁNDOME...

"...De pronto me di cuenta de que estaba pasando por un episodio de enamoramiento puro. Mis enamoramientos son una droga divina, y son perfectamente lícitos. Y en esto yo me reconozco como la más viciosa del mundo. Es inevitable; cuando me lanzo, lo hago de cabeza, me sumerjo hasta el fondo y me dejo llenar por completo.

Mi alma se enamora constantemente. Todos los días me enamoro de algo o alguien, sin importar si se trata de un ser animado o inanimado. Lo único que no puedo hacer es enamorarme de un ser desanimado; iría totalmente en contra de lo que me mueve. Sería como tener una mala conexión a tierra, por la que escaparía mi energía para dejarme completamente vacía.

En ese estado delicioso de enamoramiento perenne –siempre en la parte ascendente de la relación– todo es fuegos artificiales, campanas y estrellitas de colores. Es un descubrir infinitos detalles uno a uno; más rápido, más lento, dependiendo de cómo reaccione el objeto de mi enamoramiento y del tipo de relación que tenga con él al momento en que mi alma decida levantar la barra para darle la bienvenida.

Siempre he sido así, desde pequeña. Me apasiono por cosas y personas; quiero entenderlas a fondo, explorarlas hasta el límite; su mente y su corazón, conocer su alma sentimiento por sentimiento, llenarme de ellas hasta desbordar la represa, adentrarme en sus ideas y sueños, compartir emociones y luego estrecharlas fuertemente y abrir los brazos para soltarlas a su destino.

Enamorarse es engancharse de amor por algo. Cuando me enamoro, lo hago en cuerpo y alma. No sé pensar en otra cosa sino en aquello a lo que me enganche, o que me haya enganchado a mí. Me alimento de eso; lo respiro, lo bebo, me visto de ello y me dejo envolver como las hojas por el rocío mañanero. Y por las noches, el objeto de mi enamoramiento se convierte en el pensamiento que me lleva de la vigilia al sueño.

Enamorarse es soltar las amarras y elevarse por encima de todo; poner al espíritu en libertad total y dejar que el alma se hinche de emoción. Enamorarse es alimentarnos de cosas hermosas y regalar amor. Me enamoro de mi familia, de mis amigos, de las palabras, de mis escritos. Me enamoro de mis proyectos y de mi trabajo. Me enamoro de mis países, mis ciudades y mi isla; del Ávila, del Castillo de Heidelberg, de Central Park y del Castillo del Morro. Me enamoro de quienes puedo aprender algo; de las buenas personas, las generosas, las inteligentes y las divertidas; de los que son ocurrentes y me hacen reír, y también de muchos otros que se han abierto conmigo para mostrarme sus sentimientos. Me enamoro de la gente creativa y creadora, de la apasionada y visceral; de los que son auténticos, genuinos, sin importarles lo que los demás piensen de ellos. Me enamoro de las personas tolerantes y compasivas; de las sencillas y las humildes de corazón. Me enamoro de la gente con una moral y una ética humanas. Me enamoro de quienes buscan ayudar a los demás y de aquellos que siempre intentan hacer felices a todos los que les rodean. Me enamoro de las personas que transmiten cosas positivas; de las que me dan tranquilidad, de las que me regalan paz y de las que me hacen sentir bien. Me enamoro de las almas luminosas que llegan a mi vida para ayudarme a disipar las sombras…"

© 2008 PSR

miércoles, 15 de julio de 2009

2045

En la orilla norte del río Guaire hay una anciana que invoca a los espíritus. Vive no muy lejos del nuevo parque residencial de buses habitacionales, en una casa de friso blanco y techo de tejas rojas.

La mujer hace aparecer a los difuntos en la pantalla de un antiguo televisor de tubos catódicos; una especie de bola mágica encerrada en un vejestorio de finales del siglo pasado. Se trata de un clásico Sony de 23 pulgadas con mando a control remoto. ¡Cómo me divertí viendo películas en uno de esos cuando era niño!

Qué tiempos aquellos, cuando teníamos todo y no lo sabíamos. En cambio ahora, cincuenta años más tarde y viviendo en un mundo privado de electricidad, los chicos no sabrían qué hacer con un televisor como ése, sino desarmarlo y usar sus partes para construir aparatos mecánicos, o hasta para hacer esculturas. ¡Qué diferencia con la infancia de mi generación! Muchísimos de nuestros juguetes y aparatos de uso diario funcionaban con baterías o electricidad: autos, computadoras, teléfonos, cámaras, aparatos de música, artefactos del hogar. Las cosas divertidas o importantes andaban con corriente. En mi época todo dependía de la energía eléctrica y todo giraba alrededor de ella; la economía, la política, los empleos. Quien poseía la energía, tenía algo que decir. Ahora es distinto. El meteorito aquel del 2025 desvió para siempre el curso de la humanidad, regresándola de golpe a una vida artesanal y rudimentaria, después de haber experimentado adelantos técnicos casi inimaginables para el hombre. Me resulta un tanto irónico que ahora, en pleno 2045, nos encontremos en medio de este renacimiento que nos impuso el destino. Al menos las artes y las humanidades están cobrando nueva fuerza, a raíz del descubrimiento obligado del espíritu dormido. Religión, ciencias ocultas, metafísica; todo está avanzando a pasos agigantados. El mundo entró en una nueva etapa mística, y la mística se fue colando poco a poco en la gran mayoría de la gente.

Muchas personas le han pedido ayuda a la anciana del Guaire para establecer contacto con seres queridos que ya no están entre nosotros. Dicen que es capaz de invocar cualquier espíritu y que además les habla con confianza, como una amiga. Hace poco fui a ver a la anciana también. Quería comunicarme con mi esposa, que se había quitado la vida dos años antes, víctima de depresiones. Aunque no estaba totalmente seguro de que la anciana me pudiera ayudar, decidí intentarlo. Necesitaba saber que Isabel estaba bien; le quería decir que la seguía amando y que la recordaba todos los días.

Llegué en mi vieja bicicleta bajo el abrasador sol del mediodía. Mi ropa está totalmente embebida en sudor; algo a lo que aún no me termino de acostumbrar, pero con lo que he tenido que vivir forzosamente por falta de aire acondicionado. Me seco y me pongo otra camisa para estar más presentable.

La casa está huérfana en un camino de tierra cercano a la orilla del río. Sólo la acompañan las ruinas desmembradas de una vieja torre eléctrica. Se nota que fue construida hace muchísimo tiempo, pero nadie sabe con certeza cuándo. Toda esa zona solía estar prácticamente deshabitada hasta hace poco, pero ahora el gobierno local decidió llevar cincuenta módulos de buses-casas refaccionados para crear un elegante complejo vacacional en las cercanías.

Aunque no está en su mejor momento, la casa me recuerda aquellas sobrias construcciones coloniales del siglo diecinueve, con sus paredes blancas y los techos rojos a dos aguas, altos y elegantes. Sus ventanas largas, adornadas con rejas de hierro forjado, dan a un pasillo abierto y techado que corre alrededor de la casa, regalándole frescura al interior. Parecería la casa grande de alguna hacienda que no pudo sobrevivir a la industrialización, o tal vez a la globalización; quién sabe.

Me acerco titubeante al porche. La pesada puerta de madera está entreabierta. Llamo y escucho una voz en la lejanía que me dice que entre. Muevo un poco la puerta para pasar. La diferencia de luz me ciega por un instante. Mis ojos se van acostumbrando poco a poco, hasta que logro ver los pesados muebles distribuidos por el salón. La luz del sol entra por las ventanas que dan al patio interno, iluminando el interior a través de ligeras cortinas de encaje color crema. Un mantel desteñido por los años cubre la mesa del comedor, y en la vitrina las copas lucen opacas y la platería manchada. Los cojines de terciopelo de los sillones se ven gastados. Todo está en ese orden particular que tienen las casas abandonadas hace mucho tiempo. Parece que no hubiera nadie, y sin embargo sé que la anciana vive aquí. Además, me dijo que entrara, ¿pero dónde estará?

Avanzo hacia la siguiente sala buscando la voz que me dio paso. De pronto la escucho detrás de mí. Me presento y me disculpo por irrumpir en la tranquilidad de su casa. Ella me mira serena y dice que no me preocupe.

Es una mujer de aspecto agradable y sencillo. Lleva puesta una bata blanca con estampado de florecitas. Su contextura es delgada, de baja estatura y tez morena. Tiene el cabello gris, recogido justo detrás de las orejas, en un moño que asemeja una cebolla. Me mira a través de sus lentes con unos ojos grandes y negros, muy expresivos, al igual que las líneas que definen su rostro. Tendrá unos setenta años, pero se conserva muy bien. ¿Será que esta anciana vive sola en una casa tan grande?

La anciana comenta que me parezco a su hijo, que debe tener más o menos mi edad. Le pregunto si vive con él y dice que no. Se fue de la casa hace veinte años, justo después del meteorito. Me cuenta que lleva tiempo esperando que su hijo venga a verla. Lo extraña mucho, pero él no la visita nunca. Pensé en mi madre, ¡cómo me gustaría poder visitarla! Pero ella también había abandonado este mundo, igual que Isabel. Se me ocurrió que si todo salía bien hoy, tal vez podría pedirle ayuda a esta mujer para comunicarme con mi madre en otra oportunidad.

Pasamos a la pequeña sala donde está el televisor. Preguntó si había traído algún objeto de Isabel para establecer el contacto, y yo le di un pañuelo bordado que ella siempre llevaba consigo. La mujer tomó el pañuelo en una mano y posó la otra sobre el televisor durante unos minutos, cerrando los ojos mientras decía: “Isabel, Isabel… Querida Isabel, ¿estás ahí? Nicolás te vino a visitar”.

De pronto comenzaron a verse unos destellos brillantes en la negra pantalla del televisor. Una voz conocida salía de los altavoces. Era Isabel que me hablaba, a la vez que los destellos vibraban y cambiaban de color. Se le oía tranquila, apacible. La nostalgia me estremeció. Le dije que la amaba y que siempre pensaba en ella. Ella lo sabía. Siempre lo había sabido, pero a mí me gustaba decírselo. Era como un juego; repetíamos el mismo diálogo una y otra vez, hasta que uno de los dos se daba por vencido. Hoy la dejé ganar a ella. Una emoción inmensa invadió mi pecho cuando dijo que ella también me seguía queriendo. Las lágrimas se derramaron mudas por mis mejillas y al rato me despedí de ella, dejándola regresar a su nuevo sitio.

Le agradecí a la anciana desde el fondo de mi corazón. Camino a la puerta, le pregunté qué le podía dar a cambio por tan inmenso favor. Se limitó a decirme que no podía hacer nada con los bienes materiales, y que lo único que ella deseaba era que su hijo la viniera a visitar. Cómo me hubiera gustado ayudarla con eso; pero nunca me dijo su nombre ni dónde lo podía encontrar.

En el camino de regreso vi a un grupo de personas que se dirigían a la casa de la anciana. Es verdad que la mujer es famosa, pero lo que más me impresionó fue su gran generosidad.

Tres semanas después se cumplían cinco años de la muerte de mi madre y decidí ir a la casa de la anciana, a ver si podía ponerme en contacto con ella. De nuevo me recibió con mucha amabilidad y pasamos a la salita del televisor. Estaba a punto de darle el rosario de mi madre para que la invocara, cuando escuché a alguien entrar en la casa. La mujer dio un salto y exclamó: “¡Mi hijo! ¡Al fin vino!”. Volteé la cabeza en dirección a la puerta, y vi venir a un hombre corpulento de unos sesenta años que compartía las facciones de la anciana. Parecía no entender qué hacía yo allí, sentado frente al televisor con un rosario en la mano. Me preguntó quién era y por qué había entrado en su casa. Intenté explicarle que su madre había sido tan amable de ayudarme unas semanas atrás con el asunto de mi esposa, y que ahora me estaba ayudando a ponerme en contacto con mi propia madre. El hombre me miraba perplejo e insistía en que yo había entrado sin permiso en una propiedad privada, a lo que le contesté que su madre me había dejado entrar, igual que a tantas otras personas que venían a pedirle ayuda todo el tiempo.

“¡¿Pero de qué cuernos me habla usted?! ¡Esta casa ha estado cerrada desde hace veinte años! ¡Aquí no vive nadie!” gritó, mientras buscaba algo en una gaveta del recibidor. Sacó una foto a blanco y negro de una tumba en la que se leía claramente: Idalisa Vegas, 1955-2025. “¡Mi madre murió hace veinte años. Se electrocutó durante el choque del meteorito, mientras buscaba el canal de las noticias en la televisión! ¡Ahora lárguese de aquí!”.

Furioso, se dirigió hacia la puerta, donde su madre lo esperaba con los brazos abiertos, y pasó a través de la anciana que se quedó inmóvil, llorando el llanto quedo de los que se han tenido que conformar.


© 2007 PSR

 
** "2045" obtuvo el Tercer Premio en el 16 Concurso Literario del Instituto de Cultura Peruana en Miami, Estados Unidos, en 2007. 

"2045" aparece en la antología Yara y otras historias de Patricia Schaefer Röder 
Ediciones Scriba NYC 
ISBN 978-0-9845727-0-0 


  

miércoles, 10 de junio de 2009

CAMILA


“Se hechan las cartas. Se dán vaños y despojos”
.

—Oiga, ¿y cómo es eso? —Camila le preguntó a la mujer más vieja sentada en aquel tarantín del mercado, señalando el anuncio escrito a mano sobre un cartón torcido.
—Buenos días —dijeron las dos mujeres.
—Buenos días —respondió Camila, intentando esconder un tanto de vergüenza en una sonrisa nerviosa—, ¿cómo les va?
—Bien, gracias a Dio’ —dijeron a una voz.
—Mire, es que tengo una duda: ¿cuáles cartas echan y cómo lo hacen?
—Bueno, nosotras usamo’ la baraja española. Primero le echamo’ las cartas pa’ ve’ su suerte y luego le damo’ baños o despojos, según lo que necesite —contestó.
—¿Y quién lo hace?
—Lo hace mi hija —dijo la vieja, señalando a la mujer más joven sentada a su derecha—. Yo no practico.
—Yo lo hago. Yo echo las cartas —afirmó la joven de unos veinticinco años—. Yo digo to’ lo que veo. Uno tiene que contá’ to’ lo que ve; to’, todito, to’.
—¿Y usted tiene algún poder especial?
—Sí; yo tengo poderes y mi mae también. Mi hermano también nació con ellos —dijo.
—¿Y cómo sabe una que tiene poderes? ¿Se siente algo especial?
—Bueno, eso se sae’ po’que se ven cosas.
—¿Como clarividencia?
—Sí; así mismo e’.
—Mire, yo le pregunto porque mi mamá era clarividente, y yo no sé si tengo los poderes. Sí sé que he visto cosas del futuro, pero como no es muy frecuente, no estoy segura.
—Bueno, esos poderes o se tienen o no se tienen. Si usté’ los tiene y yo le echo las cartas, se van a juntá’ nuestros poderes y van a subí’ a la cabeza.
—¿Como si estuviéramos más iluminadas?
—Así mismo e’.
—¡Qué bien! ¿Y las velas para qué son?
—Son pa’ pedile’ a los santos. Cada vela es pa’ un santo. Nosotras sólo hacemo’ magia buena —dijo la vieja, señalando una pared cubierta de velones votivos de todos los colores—. Tengo el agua corriendo pa’ que se lleve la mala energía, las cosas malas.
—¿Y en esas botellas qué hay?
—Esencias pa’ la suerte, pal’ amor, pa’ la salú’, pal’ dinero y pal’ trabajo. Lo de siempre, pue’. To’ el mundo busca lo mismo. Y nosotras no hacemo’ magia negra.
—Ya veo… ¿Y esas latitas pequeñas que tiene ahí en la esquina? ¿Qué son? No las puedo ver bien de lejos.
—Son polvos de personalidá’ —dijo la joven, mostrando las pequeñas cajitas de metal con etiquetas que decían “Rosa”, “Gilberto”, “Margarita”, “Ponciano” y “Eleuterio”.
—¿Y eso qué es? ¿Por qué tienen nombres de personas?
—Tienen el nombre de la personalidá’ que les va mejó’. Por ejemplo, Rosa es apasioná’, Margarita es natural y Ponciano es sencillo.
—¿Y para qué sirven?
—Esos son pa’ la gente que siente que le hace falta algo de eso. O pa’ la gente que quiere cambiá’ su manera de ser.
—¡Qué maravilla! ¿Y funcionan bien?
—Claro que sí. Aquí to’ funciona bien.
—¿Y usted por qué no practica? —le preguntó Camila a la vieja, que se había levantado de la silla y se estiraba sobre los talones.
—Yo no practico po’que cuando estaba en el vientre e’ mi amá, lloré. Eso me hizo perdé’ poderes desde antes de nacé’ —explicó la vieja, que tendría cerca de sesenta años.
—Entiendo —dijo Camila, y mirando a la joven, le propuso—: ¿será que me puede echar las cartas ahora?
—Si usté’ lo desea, así será. ¿Está prepará’?
—Como nunca antes —afirmó Camila, y desaparecieron juntas detrás de la cortina negra.
Era un cuartucho improvisado, oscuro, con dos sillas plegables y una mesa pequeña cubierta con un trapo negro. Se escuchaba el rumor del agua que corría incesante por una fuentecita portátil. Algunas velas rompían la oscuridad con su tímida luz y su olor se mezclaba con el del incienso y ciertas esencias indefinidas que le daban al ambiente una dimensión totalmente desconocida para Camila. Le tomó unos instantes acostumbrarse al cambio de luz.
—¿Cuál es su nombre?
—Camila.
—Pue’ siéntese aquí, Camila, que ya vamo’ a empezá’.
Las dos mujeres tomaron asiento. Camila respiró profundamente y dejó salir un fuerte suspiro. En verdad estaba preparada. Siempre había sentido la curiosidad de entrar en ese mundo extraño para ella y hoy era su oportunidad.
—Corte la baraja, Camila. Vamo’ a ve’ qué hay aquí. Hmm… no veo ná’, no veo ná’…
—¿Cómo que no ve nada? Algo tiene que haber ahí.
—Eso pasa a vece’.
—¿Sí? ¿Y por qué? ¿Qué significa?
—No puedo ve’ ná’ po’que sus poderes me lo tapan.
—¿O sea que sí tengo poderes? Pero no los sé usar…
—No importa que no sepa; sí los tiene. Ahora es el momento. ¡Rápido, déme las manos!
Emocionada, Camila entregó sus manos a la joven. Cuando hicieron contacto, una tremenda descarga de energía que salía de la mulata fulminó a Camila instantáneamente, dejando sólo una fina ceniza esparcida sobre silla y suelo.
Unos instantes después, la joven se estiró en su asiento y llamó a su hermano.
—¡Eustaquio, trai una lata! ¡Tenemo’ polvo e’ Camila!


© 2007 PSR