LIBROS POR PATRICIA SCHAEFER RÖDER

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viernes, 5 de diciembre de 2014

HACIENDA REAL

Otoño de 1825. El trabajo en la gran plantación se desarrollaba como de costumbre. La cosecha de algodón prometía ser de las mejores de los últimos años. Era esa hacienda una de las pocas productoras de lana en todo el Sur; un lugar único, especializado en generar fibras textiles vegetales y animales. Amos y esclavos cumplían las funciones que les había designado el destino; ni una más, ni una menos. La gran Hacienda Real producía algodón y lana de la más fina calidad, que luego se enviaba a Nueva York, donde los grandes sastres los usaban para crear los trajes más elegantes del país.

Entre todos los esclavos de la Hacienda Real, él era el pastor. Heredó el oficio de su padre, que había muerto a causa de una pulmonía diez años atrás, siendo él aún un niño. Apenas cumplidos los veinte, el pastor todavía no tenía familia; esperaba con paciencia a que la hija del herrero le hiciera caso algún día.

Hombre sereno, tranquilo y honesto, que gozaba de la total confianza del amo y el capataz, el pastor amaba aquellas ovejas como si fuesen sus hijas. Las llevaba a los pastos color esmeralda para que llenaran sus panzas, las movía hacia los riachuelos más cristalinos para que nunca pasaran sed, las cuidaba de cualquier puma que pudiese acercárseles de noche o de día, las dejaba libres para que estuviesen contentas y siempre las guiaba por el sendero más amplio. Igual que los demás esclavos, el pastor no tenía ningún asueto ni sueldo alguno. Simplemente trabajaba para ganarse el derecho a vivir. Trabajaba de día y de noche, todos y cada uno de los días de su vida, manteniendo la misma rutina a lo largo de los años. El pastor nunca se quejó; quería tanto a su rebaño, que nada más le importaba sino el bienestar del que, de alguna manera, consideraba su ganado. Hacía cualquier cosa por esas ovejas; ellas siempre ocupaban el primer lugar en su vida. Solo ellas tenían la prioridad total frente a los demás, incluso frente a la hija del herrero, más aún frente a él mismo. Tanto así las quería.

El pastor estaba muy orgulloso de su rebaño. Al contario de él, que asemejaba una escultura famélica de ébano pulido, las ovejas engordaban y crecían, produciendo la mejor lana de la comarca. El pastor no poseía ningún bien material, mas era propietario de la ética y la moral más infalibles. En extremo responsable, sentía y sabía que su trabajo era excelente, que las ovejas estaban bien mantenidas, que rendían la fibra más óptima. Era tan evidente el buen trato que les daba, que todos en la hacienda lo comentaban.

Un día, el capataz llamó al pastor. El amo de la Hacienda Real había dado una orden.
—Tienes que llevar al rebaño al trasquilador del hato vecino lo más pronto posible. El amo está apurado por vender la lana.
—Sí, Señor. Me tomará diez días llegar allá, Señor.
—¡No puedes tardar tanto tiempo! ¡Tienes que hacerlo en cinco! ¡Tenemos que vender la lana!
—Pero Señor, estas tierras son muy grandes y es época de lluvias. Las ovejas no pueden caminar tan rápido. Para llegar bien allá tienen que poder descansar, Señor.
—¡No importa! ¡Tenemos que vender la lana! ¡Tú tienes que llegar al hato en cinco días, ni uno más! ¡Solo avanza con las ovejas y no pares! ¡Ellas tendrán que acelerar si tú vas más rápido!
—Señor, hay algunas ovejas que son más rápidas que las demás. Con esas no habría problema, pero hay unas que ya están viejas y otras que son demasiado pequeñas; se quedarán atrás, Señor.
—¡No me importa! ¡Tú tienes que llegar al hato en cinco días! ¡Tenemos que vender la lana! ¡Solo avanza con las ovejas y no pares! ¡Mira a ver cómo haces, pero eso sí: si llegas tarde al hato vecino o te falta una sola oveja, el amo te castigará con cincuenta latigazos!
—Pero Señor, es imposible hacer eso que me pide. No puedo exigirles más a las ovejas de lo que ellas pueden dar, Señor. Las estaría maltratando.
—¡Tenemos que vender la lana! ¡Solo avanza con las ovejas y no pares, te dije! ¡Tienes que llegar al hato en cinco días, ni uno más! ¡Y si llegas al hato vecino y te falta una sola oveja, tendrás cincuenta latigazos! ¡Así que mira a ver cómo haces!
—Está bien, Señor. Haré lo que pueda, Señor. Intentaré llevarlas lo más rápido posible, pero no puedo prometerle nada, Señor.
—¡No! ¡Tú no entiendes! ¡Tenemos que vender la lana! ¡Tienes que llegar al hato en cinco días! ¡Y si llegas tarde o te falta una sola oveja, se te cobrará con cincuenta latigazos!
—Muy bien, Señor. Así será.

Cabizbajo, el pastor caminó hacia la choza comunal donde dormía cuando pasaba por la casa grande. Por primera vez en su vida, el pastor pensó en sí mismo. Con infinito pesar por separarse de su adorado ganado, por perder a la hija del herrero y por el futuro incierto que se abría frente a él esa noche, cuando todos dormían salió de la hacienda y desapareció.

El mismo capataz tuvo que llevar a las ovejas al hato vecino. Llegó en dos semanas, agotado igual que el rebaño y sin percatarse de que faltaban siete ovejas que se fueron quedando rezagadas y atrapadas en el fango. Como estaba previsto por el amo, lo premiaron por su esfuerzo con cincuenta latigazos.

Una semana después, el amo de la Hacienda Real vendió la lana a buen precio en el mercado.
  

miércoles, 16 de octubre de 2013

6 MICRORRELATOS (II)

 
CRECIMIENTO

Al querer retornar a su cuerpo, el alma liberada se dio cuenta de que ya no cabía.


(IM)POSIBLE

Sin pensar en las dimensiones ni en la dificultad del camino, cuando llegó al inmenso muro, la hormiga simplemente lo subió.


LÍMITE

Al llegar a la cumbre, respiró. Miró el paisaje, abrió los brazos y voló.


VIAJE

El ángel la abrazó con las suaves alas. Ella cerró los ojos y se dejó llevar.


ODIO

Supurando veneno, el rencor lo carcomió lentamente hasta dejar una mancha maloliente en el suelo. Al fin se sintió cómodo.


GPS

Al regresar deprimido del puente al auto, el suicida frustrado comprobó emocionado que su navegador había sido programado para llevarlo directamente al otro mundo.


©2013 PSR 

 

miércoles, 20 de octubre de 2010

ALUHE


Aluhe… Aluhe… ¿Qué eres para mí realmente? ¿Una necesidad? ¿Obsesión? ¿Adicción? ¿Vicio tal vez? No lo sé; créeme que no lo sé… Puede que en el fondo sí lo sepa pero insista en negarlo. Puede ser, no sé. Últimamente no creo saber nada, ya ni sé qué es lo que pienso. No entiendo. No sé qué hago, qué debo hacer y qué no voy a dejar de hacer nunca. Estoy temblando. Siento cien escalofríos en el pecho que se van extendiendo hacia los lados y hacia arriba, directo a la garganta y la boca. Mi corazón ya no sabe si debe latir o no; lo hace como quiere, como mejor le place. Mi mente está inundada de tu recuerdo a pesar de que no sea sano para mí. Más escalofríos. Algo se mueve debajo de mi piel y comienza a perforar mis entrañas, tragándolo todo a su paso. Tengo miedo de percatarme de que el vacío que dejaste en mí me haya dejado completamente hueca, como una cáscara abandonada que no encuentra la manera de volver a llenarse. Temo que te des cuenta de que esto no puede ser, de que es una locura sin destino, de que es una gran equivocación y de que ya no más. Ya no más. Ya no más… Sí, tal vez eso sea lo mejor a la larga, no saber más nada de ti nunca. De sólo pensarlo se me quema el corazón y decide dejar de latir por completo. Nada pasa. De pronto estoy en una cueva oscura y fría donde el corazón se va entumeciendo. Algo me sacude intempestivamente y tiemblo más, tengo un nudo en la garganta. No sé qué pasará en los próximos días en tu vida, en la mía. Tan distintas nuestras vidas y sin embargo, tan estrechamente unidas. No soporto más todo esto. Siento el pecho encogido, lacerado. Corroído por la acidez que lo carcome un poco más cada vez que me percato de que lo nuestro es sólo un imposible. No me atrevo a pensar siquiera en el hecho de que decidas sacarme de tu vida completamente o que cambies mi titularidad en ella. Aunque sé que puedo fingir estar de acuerdo con cualquier decisión que tomes, sé también que el alma se me desgarraría en mil jirones si tuviera que conformarme con ser tu amiga y nada más, así como lo soy ahora frente a todos. Después de lo que hemos vivido, siento que no podríamos hacer un teatro tan artificial. Esta situación sólo soy capaz de sobrellevarla si sé que todo seguirá igual que siempre; yo para ti y tú para mí, ahora, después, en cualquier momento, por siempre. Tú y yo para siempre, deshaciéndonos de cualquier control. ¿Pero qué has hecho conmigo? Ni yo misma me reconozco, y sin embargo, disfruto plenamente cada instante de esta locura, cada segundo de insomnio pensando en ti, recordándonos, cada vello erizado, cada latido que quiere salir salvaje por mi boca que tanto extraña tu piel, cada caricia, cada escalofrío y cada corrientazo viajando raudo por mis nervios, mis músculos, mis poros convertidos en manantiales salados, por mi piel… No puedo imaginar un sentimiento más intenso que este, que me llena y se rebosa violentamente. No he dejado de temblar, tiemblo cada vez que pienso en ti, cuando me doy cuenta de que en cualquier momento me dirás que es mejor dejarlo así. Que es mejor terminar. Que no puede ser. Que regresemos al tiempo aquel en el que compartíamos sólo una gran amistad. No puedo hacer eso. No. No puedo, no quiero y no lo lamento siquiera. No; así de simple. No. Has trastocado irremediablemente mi vida. Divinamente. Profundamente. Contundentemente. Necesito estar contigo, sentirte cerca, saber que nos tenemos. Sí, estoy obsesionada con tus manos, tu olor, tu sonrisa, tu mirada y tus párpados unidos de pronto en medio de aquellos suspiros que dan voz al estremecimiento más puro y profundo de tu ser. Me he vuelto adicta a ti; cuando siento que me faltas mi cuerpo deja de funcionar como debe y todas sus partes comienzan a fallar, me pongo ansiosa y no me hallo. Sí, estoy enviciada de ti hasta la médula, y para ser honesta, me encanta estarlo. En este momento de mi vida saciar esta necesidad visceral de tenerte es algo imperativo e impostergable. Te recuerdo y sigo temblando. El alma se mueve de un lado a otro sabiendo que habrá de llenar el gran espacio que ocupas y que temo dejarás vacante, ocasionando un terremoto inconmensurable dentro de mi cuerpo que aún es tuyo. El corazón quiere romperlo todo a su paso, reventando desde adentro la piel completamente erizada. Es inútil, no puedo dejarte. No deseo olvidarte. No quiero perderte. Al fin lo entiendo. Al fin. 


©2010 PSR 
fragmento tomado de un trabajo en proceso 

miércoles, 9 de diciembre de 2009

IMPOSIBLE

dardos de papel carbón
llegan pero no penetran
sólo dejan una mancha polvorienta
enclenque

copular a través de las palabras
usarlas para llegar a ti
para intentar llegar
desesperadamente
inútilmente

esperanza y espera
dos caras de lo mismo
anhelo y cuchillo
uno es aliento
el otro desgarra

filigrana azul azabache
coraza de ébano pulido
gritos silentes al vacío
no llaman; exclaman quedo
seducen

¿cómo puedo tocarte si no me dejas?

mirarte sí, entendí
ni hablar de tacto, menos de un beso
¡que no pase de aquí!

mirarte todo lo que quiera
te dejas
me limitas
nado en sugerencias torpes
inútiles
intentando darles peso a las palabras
luego
se vuelven contundentes
van al fondo sin remedio
mueren ahogadas en ignorancia
fue peor así
lo imaginé

amarte en frases
frases cortas
¡nunca largas!
no hay tiempo
se acabó el tiempo
aunque sea tiempo imaginario

aguardo
lo sabes, te niegas
matas el presente
con el cuchillo aquel
impides que me acerque
“sólo con palabras” insistes
lo repites
necesitas creerlo

tienes miedo, lo sé.



©2007 PSR