LIBROS POR PATRICIA SCHAEFER RÖDER

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miércoles, 4 de septiembre de 2013

BARAHÚNDA

 
Calladita te ves más bonita… Eso no se dice, Papá te pega… No puedes porque eres niña… Dios te va a castigar… Haz caso y no preguntes… Quien obedece no se equivoca… Los varones que tienen muchas novias son machos, las niñas no pueden tener muchos amigos porque son putas… Los varones que gritan tienen carácter, las niñas que gritan son histéricas… El hombre es el cerebro y la mujer el corazón… Cuando te cases, toma un curso de “cómo ser una buena esposa” para aprender a atenderlo como él se merece… Cumple siempre con tu deber de esposa sin objetar nunca nada… No molestes a tu esposo con tus tonterías cuando él llegue cansado del trabajo, más bien atiéndelo como se merece; sírvele un trago, luego la cena y déjalo ver televisión en paz… Al fin y al cabo, el trabajo de la casa no es nada y es tu deber tener todo limpio y recogido, los niños listos y la comida hecha… Debes complacer siempre cualquier antojo que se le ocurra a tu esposo… Para el esposo, la mujer debe ser una santa frente a los demás y una puta en la cama… Debes vestirte como le guste a él, llevar el cabello como él quiera y si te lo pide, agrandarte los senos también… Debes mantenerte siempre bella y en forma sólo para él, aunque él mismo se ponga viejo y gordo; recuerda que “el hombre es como el oso”, pero tú no… No puedes tener amigos hombres, únicamente amigas mujeres… No puede existir amistad entre un hombre y una mujer… Tu esposo es la representación de Dios en el hogar, la cabeza de la familia y el jefe de la casa, es tu dueño y es quien decide lo que debe hacerse… Las hijas deben ayudar en los quehaceres del hogar porque son tareas de mujeres… A los varones siempre hay que servirles… Cuando el hombre habla, la mujer calla… La mujer siempre debe obedecer sin objetar nada… Por el pecado original, la mujer pare con dolor y su deseo la arrastra al marido… Eva hizo que Adán probara la fruta prohibida… Las mujeres son sucias y pecadoras por naturaleza… Las mujeres son la perdición de los hombres… La mujer debe soportar cualquier vicio, humillación o infidelidad de su marido y debe perdonarlo siempre, porque los hombres tienen otro carácter y otras necesidades diferentes de las mujeres… La verdad es que las mujeres no tienen necesidades… La buena esposa debe sacrificar su vida por su marido, sin importar la suya; debe seguirlo en cualquier circunstancia, en toda situación y momento… La mujer se debe por entero a su esposo y su familia; su familia es la prioridad mayor, quedando ella misma en último lugar… La mujer es inferior al hombre… Al fin y al cabo, la mujer depende del marido porque ella misma es incapaz de lograr nada… La mujer necesita del marido para que la mantenga… La mujer no tiene el carácter, la fuerza ni la resistencia para alcanzar el éxito en el trabajo… A la mujer hay que ponerla en su lugar para que respete, para que sepa quién manda… Lo que pasa es que él es muy impetuoso y tiene mal carácter… Nunca pongas en tela de juicio las enseñanzas, las tradiciones, la cultura y la religión; todas ellas están por encima de ti y siempre ha sido así… No se puede cambiar algo que ya lleva tantos años instituido… Lo que ha unido Dios en el cielo, que no lo separe ningún hombre en la tierra… El matrimonio es un vínculo indisoluble, aún en caso de maltrato, engaño, falta de amor, odio… Te mereces el marido que tienes, Dios te lo mandó por algo… Cada quien debe llevar su carga a cuestas, y la tuya es tu marido… Más vale malo conocido que bueno por conocer… Acostúmbrate, mira que todas pasamos por eso… Si te grita es porque es muy hombre… Si te cela es porque le importas… Si te pega es porque te quiere… Cuando te insulte, no te lo tomes a pecho; sabes que no es eso lo que quiere decir… Él te golpea, pero en el fondo te ama; el pobre no sabe expresar sus sentimientos… No importa lo que te haya hecho, él dice que te adora, que le des otra oportunidad, que no lo volverá a hacer… Debes salvar tu matrimonio a toda costa… No te quejes; puede que no seas feliz, pero al menos tienes marido…

No podía pensar en nada. Demasiado ruido, demasiados años viviendo con toda esa interferencia de fondo que me producía un cortocircuito perenne en la mente, anestesiando mi alma. La mujer en el espejo me miraba sin entender y yo no era capaz de sostenerle la mirada; mucho menos de ordenar mis ideas para explicarle siquiera el comienzo. Despertando respiro a respiro de aquel letargo, mi vista comenzaba a perderse entre los surcos de su cutis buscando desesperada mi propia verdad, cuando de pronto suspiró, me sonrió con gran dulzura, dio la vuelta y se marchó. Y yo la seguí.


©2013 PSR


miércoles, 7 de noviembre de 2012

AUXILIO



Alarma urgente
otra catástrofe más
nos ha golpeado.

Unión y fuerza
juntos nos impondremos
sobre el desastre.

Xenofobia, ¡no!
todos somos hermanos
cuando sufrimos.

Impulso innato
alimento y abrigo
solidaridad.

Luz, esperanza
bálsamo efectivo
para el alma.

Inmensa labor
por el bien de los demás
necesitados.

Ondas de vida
abrazan fuertemente
desde el corazón.


©2012 PSR



jueves, 14 de julio de 2011

YA ERA HORA...

mi vida es un espejismo
de colores brillantes
reflejándose alegres
desde el envoltorio rugoso
de esta coraza estéril
indigente de cariño.
bajo tus condiciones
cuento contigo
siempre
…lo sé.
estás allí
al resguardo
donde te dejo
cada día
donde te encuentro
cada noche
donde te escondo
de todos
donde aguardas
pacientemente
con esa certeza contundente
de que vendré a ti
una vez más.
llevas dentro
el genio perverso
que tanto abusa
de mi soledad.
soy tan frágil
como me han hecho
una a una
cientos de astillas
esquirlas punzantes
en medio del alma.
eres la perfección total
para mí
un cuerpo perfecto
hermoso
sumamente manejable
con una sola mano
grácil y tan resistente
a la vez.
acerco tu boca a la mía
mil veces
eres el alivio inmediato
puntual
fugaz
para mi tristeza continua
cotidiana
inmensa…
llevas el néctar precioso y alado
que generoso llena este espíritu flaco
a cambio de mi voluntad
demolida.
solo tú contienes el elíxir mágico
la fuente interminable
que transforma mis sueños
en imposibles
arañándolos en jirones
de músculo palpitante.
por ti
mis fracasos son plenos
mis temores justificados
…todos
dejo que me dominen
mil demonios
torturándome
alimentando esas penas planificadas
disfrutándolas
clandestina
masoquistamente.
a ti te pertenezco
toma mis posesiones
mis anhelos
y conviértelo todo en mil tristezas.
eres el grito de libertad
efímera
la carcajada sin control
los ojos desorbitados
el llanto por el golpe
de súbita conciencia.
eres la mentira que ofrece
más de lo que espera
para luego dejarme en la ruina.
juegas sádicamente
con la angustia
de no tenerte.
no te cansas de timarme
una y otra vez.
ahora
mi vista está apagada
y sin embargo
defino todo con claridad.
no quiero desearte
así
con todas mis fuerzas
…ya no
no me esperes nunca más
aunque el corazón se detenga
el mío
deshilachado en tu desamor
este corazón que ahora se desviste
de ti
un trapo de mal consuelo
que estrecho lo arropabas brevemente
ahogándolo sin piedad.
hoy lo entendí al fin
ya era hora…
sé que no te necesito.


©2011 PSR

miércoles, 20 de octubre de 2010

ALUHE


Aluhe… Aluhe… ¿Qué eres para mí realmente? ¿Una necesidad? ¿Obsesión? ¿Adicción? ¿Vicio tal vez? No lo sé; créeme que no lo sé… Puede que en el fondo sí lo sepa pero insista en negarlo. Puede ser, no sé. Últimamente no creo saber nada, ya ni sé qué es lo que pienso. No entiendo. No sé qué hago, qué debo hacer y qué no voy a dejar de hacer nunca. Estoy temblando. Siento cien escalofríos en el pecho que se van extendiendo hacia los lados y hacia arriba, directo a la garganta y la boca. Mi corazón ya no sabe si debe latir o no; lo hace como quiere, como mejor le place. Mi mente está inundada de tu recuerdo a pesar de que no sea sano para mí. Más escalofríos. Algo se mueve debajo de mi piel y comienza a perforar mis entrañas, tragándolo todo a su paso. Tengo miedo de percatarme de que el vacío que dejaste en mí me haya dejado completamente hueca, como una cáscara abandonada que no encuentra la manera de volver a llenarse. Temo que te des cuenta de que esto no puede ser, de que es una locura sin destino, de que es una gran equivocación y de que ya no más. Ya no más. Ya no más… Sí, tal vez eso sea lo mejor a la larga, no saber más nada de ti nunca. De sólo pensarlo se me quema el corazón y decide dejar de latir por completo. Nada pasa. De pronto estoy en una cueva oscura y fría donde el corazón se va entumeciendo. Algo me sacude intempestivamente y tiemblo más, tengo un nudo en la garganta. No sé qué pasará en los próximos días en tu vida, en la mía. Tan distintas nuestras vidas y sin embargo, tan estrechamente unidas. No soporto más todo esto. Siento el pecho encogido, lacerado. Corroído por la acidez que lo carcome un poco más cada vez que me percato de que lo nuestro es sólo un imposible. No me atrevo a pensar siquiera en el hecho de que decidas sacarme de tu vida completamente o que cambies mi titularidad en ella. Aunque sé que puedo fingir estar de acuerdo con cualquier decisión que tomes, sé también que el alma se me desgarraría en mil jirones si tuviera que conformarme con ser tu amiga y nada más, así como lo soy ahora frente a todos. Después de lo que hemos vivido, siento que no podríamos hacer un teatro tan artificial. Esta situación sólo soy capaz de sobrellevarla si sé que todo seguirá igual que siempre; yo para ti y tú para mí, ahora, después, en cualquier momento, por siempre. Tú y yo para siempre, deshaciéndonos de cualquier control. ¿Pero qué has hecho conmigo? Ni yo misma me reconozco, y sin embargo, disfruto plenamente cada instante de esta locura, cada segundo de insomnio pensando en ti, recordándonos, cada vello erizado, cada latido que quiere salir salvaje por mi boca que tanto extraña tu piel, cada caricia, cada escalofrío y cada corrientazo viajando raudo por mis nervios, mis músculos, mis poros convertidos en manantiales salados, por mi piel… No puedo imaginar un sentimiento más intenso que este, que me llena y se rebosa violentamente. No he dejado de temblar, tiemblo cada vez que pienso en ti, cuando me doy cuenta de que en cualquier momento me dirás que es mejor dejarlo así. Que es mejor terminar. Que no puede ser. Que regresemos al tiempo aquel en el que compartíamos sólo una gran amistad. No puedo hacer eso. No. No puedo, no quiero y no lo lamento siquiera. No; así de simple. No. Has trastocado irremediablemente mi vida. Divinamente. Profundamente. Contundentemente. Necesito estar contigo, sentirte cerca, saber que nos tenemos. Sí, estoy obsesionada con tus manos, tu olor, tu sonrisa, tu mirada y tus párpados unidos de pronto en medio de aquellos suspiros que dan voz al estremecimiento más puro y profundo de tu ser. Me he vuelto adicta a ti; cuando siento que me faltas mi cuerpo deja de funcionar como debe y todas sus partes comienzan a fallar, me pongo ansiosa y no me hallo. Sí, estoy enviciada de ti hasta la médula, y para ser honesta, me encanta estarlo. En este momento de mi vida saciar esta necesidad visceral de tenerte es algo imperativo e impostergable. Te recuerdo y sigo temblando. El alma se mueve de un lado a otro sabiendo que habrá de llenar el gran espacio que ocupas y que temo dejarás vacante, ocasionando un terremoto inconmensurable dentro de mi cuerpo que aún es tuyo. El corazón quiere romperlo todo a su paso, reventando desde adentro la piel completamente erizada. Es inútil, no puedo dejarte. No deseo olvidarte. No quiero perderte. Al fin lo entiendo. Al fin. 


©2010 PSR 
fragmento tomado de un trabajo en proceso 

jueves, 7 de mayo de 2009

LAS MADRES TAMBIÉN SOMOS SERES HUMANOS

(Sí, ya sé; no sólo las madres somos seres humanos, también los padres lo son. Pero en esta oportunidad me ocuparé sólo de las madres, en vista de que soy una de ellas).

En realidad, casi todas las mujeres tenemos algo de madres. Está en nuestra naturaleza cuidar de alguna manera de alguien o de algo. No hay que tener hijos para poseer este instinto y desarrollarlo. Vaya entonces este escrito a todas aquellas mujeres que son madres en el sentido más amplio de la palabra.

Antes que nada, las madres somos mujeres. La gran mayoría de nosotras fuimos mujeres antes de ser madres. Teníamos una vida propia con metas personales, sueños y anhelos, entre los que también figuraba, en muchos casos, formar una familia. Aquellas mujeres que tenemos una familia sabemos lo difícil que puede resultar encontrar unos minutos de tranquilidad para una misma, en una etapa de la vida en la que todas las responsabilidades parecieran girar alrededor de nosotras como una espiral descendente, cayendo al final con todo su peso justo encima de nuestras cabezas ya embotadas por las preocupaciones diarias.

Somos madres y queremos a nuestras familias. Los hijos, la pareja, los familiares –padres, hermanos, abuelos, tíos y otros– forman parte de nuestras vidas y son importantes para nosotras. Tenemos el deber de atender a sus necesidades y de estar allí para ellos, y generalmente lo hacemos con gusto. Sentimos la obligación de ayudarles en todo lo que se proponen, criamos a nuestros hijos de la mejor manera que podemos y cuidamos de niños y ancianos con el mismo esmero. Además de todo eso, generalmente nos toca mantener el orden en la casa y la familia. Y como todo el mundo sabe, el trabajo de la casa no termina nunca; ni siquiera cuando se tiene ayuda para ello. Siempre hay mil cosas de las cuales debemos estar pendientes: las necesidades básicas de alimentación y vestido, el orden de la casa, la salud, las cuentas, la escuela, las tareas, el ocio sano, el esparcimiento y los compromisos de todo tipo. Obviamente, para que todo esto funcione se requiere una buena organización del tiempo. Ah, el tiempo… El tiempo es el recurso que por lo general tiende a escasear más en la vida diaria de cualquier persona citadina como yo.

Somos muchas las mujeres que aparte del trabajo del hogar también desempeñamos un trabajo profesional. En estos casos la distribución del tiempo resulta vital si queremos mantener algún rastro de cordura en nuestras vidas. Tenemos que estar bien organizadas para poder hacerle frente al día a día de manera eficaz. Todas sabemos que no es fácil; si no tenemos cuidado, la calidad de nuestra labor puede verse afectada, ya sea en el hogar o en el trabajo. Y como esto no nos gusta, hacemos de tripas corazón para que nos rinda el valioso tiempo, el recurso no renovable más importante que tenemos. Resulta importante entonces definir nuestras prioridades para decidir qué cantidad de tiempo podemos concederle a los diferentes aspectos de nuestras vidas: la familia, la pareja, el trabajo y la casa. Así, organizamos las horas de que disponemos en la forma más justa que encontramos, y vivimos de esa manera y a ese ritmo por una temporada que puede ser más o menos larga, hasta que nos damos cuenta de que hay un problema con la ecuación anterior: ¡no nos incluimos a nosotras a la hora de repartir el tiempo!
Es muy fácil olvidarse de una misma cuando se tienen mil obligaciones diarias y sólo se dispone de 24 horas cada día para resolverlas. Generalmente se tiende a dar mayor prioridad a las cosas de los demás y a dejar las de una para “cuando tenga más tiempo”. Ésa es la trampa más frecuente del ritmo de vida acelerado que llevamos las mujeres de las ciudades: creer que más tarde tendremos tiempo para nosotras. Resulta que ‘más tarde’ suceden otras cosas que requieren nuestra atención, y así volvemos a perder la oportunidad de hacer lo que teníamos pensado inicialmente.

Necesitamos tener un tiempo para respirar en paz. La falta de tiempo causa estrés, ansiedad y angustia. Cuando sentimos que aumenta la presión, nos ponemos más nerviosas y perdemos la paciencia con mayor facilidad, pudiendo incluso llegar a experimentar una sensación de hastío. Admito que esto me sucede de vez en cuando, sobre todo cuando tengo mucho trabajo y me tengo que trasnochar varias veces seguidas. Estoy consciente de que me encuentro lejos de ser la madre perfecta, pero también sé que intento hacer todo de la mejor manera que puedo. Al igual que el resto de la gente, las madres necesitamos aire. Tenemos que poder disfrutar de ratos libres para hacer catarsis, o para utilizarlos en actividades creativas o de esparcimiento. Nosotras también nos merecemos un tiempo propio en el que podamos decidir simplemente no hacer nada, si eso es lo que se nos antoja. Tenemos el derecho a realizarnos y a ser felices sin necesidad de sentirnos culpables. No por esto dejaremos de querer y de cuidar a nuestras familias. Al fin y al cabo, las madres también somos seres humanos.


©2005 PSR